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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.38

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Era éste, como creo haber dicho, de bronce. No se trataba de un simple bloque,
sino que estaba ambiciosamente adornado con unos paneles hondos a cada lado.

Me acerqué a golpearlos. El pedestal era hueco. Examinando los paneles
minuciosamente, observé que quedaba una abertura entre ellos y el marco. No
había allí asas ni cerraduras, pero era posible que aquellos paneles, si eran
puertas como yo suponía, se abriesen hacia dentro. Una cosa aparecía clara a mi
inteligencia. No necesité un gran esfuerzo mental para inferir que mi Máquina
del Tiempo estaba dentro de aquel pedestal. Pero cómo había llegado hasta allí
era un problema diferente.

Vi las cabezas de dos seres vestidos color naranja, entre las matas y bajo unos
manzanos cubiertos de flores, venir hacia mí. Me volví a ellos sonriendo y
llamándoles por señas. Llegaron a mi lado, y entonces, señalando el pedestal de
bronce, intenté darles a entender mi deseo de abrirlo. Pero a mi primer gesto
hacia allí se comportaron de un modo muy extraño. No sé cómo describirles a
ustedes su expresión. Supongan que hacen a una dama de fino temperamento unos
gestos groseros e impropios; la actitud que esa dama adoptaría fue la de ellos.
Se alejaron como si hubiesen recibido el último insulto. Intenté una amable
mímica parecida ante un mocito vestido de blanco, con el mismo resultado
exactamente. De un modo u otro su actitud me dejó avergonzado de mí mismo. Pero,
como ustedes comprenderán, yo deseaba recuperar la Máquina del Tiempo, e hice
una nueva tentativa. Cuando le vi a éste dar la vuelta, como los otros, mi mal
humor predominó. En tres zancadas le alcancé, le cogí por la parte suelta de su
vestido alrededor del cuello, y le empecé a arrastrar hacia la esfinge. Entonces
vi tal horror y tal repugnancia en su rostro´ que le solté de repente.

Pero no quería declararme vencido aún. Golpeé con los puños los paneles de
bronce. Creí oír algún movimiento dentro -para ser más claro, creí percibir un
ruido como de risas sofocadas-, pero debí equivocarme.


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