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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.37

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Me di
cuenta de la grandísima locura cometida en mi frenesí de la noche anterior, pude
razonar conmigo mismo. «¿Suponer lo peor? -me dije-. ¿Suponer que la máquina
está enteramente perdida, destruida, quizá? Me importa estar tranquilo, ser
paciente, aprender el modo de ser de esta gente, adquirir una idea clara de cómo
se ha Perdido mi aparato, y los medios de conseguir materiales y herramientas; a
fin de poder, al final, construir tal vez otro.» Tenía que ser aquélla mi única
esperanza, una mísera esperanza tal vez, pero mejor que la desesperación. Y,
después de todo, era aquél un mundo bello y curioso.

Pero probablemente la máquina había sido tan sólo sustraída. Aun así, debía yo
mantenerme sereno, tener Paciencia, buscar el sitio del escondite, y recuperarla
por la fuerza o con astucia. Y con esto me puse en pie rápidamente y miré a mi
alrededor, preguntándome dónde Podría lavarme. Sentíame fatigado, entumecido y
sucio a causa del viaje. El frescor de la mañana me hizo desear una frescura
igual. Había agotado mi emoción. Realmente, buscando lo que necesitaba, me sentí
asombrado de mi intensa excitación de la noche anterior. Examiné cuidadosamente
el suelo de la praderita. Perdí un rato en fútiles preguntas dirigidas lo mejor
que pude a aquellas gentecillas que se acercaban. Todos fueron incapaces de
comprender mis gestos; algunos se mostraron simplemente estúpidos; otros
creyeron que era una chanza, y se rieron en mis narices. Fue para mí la tarea
más difícil del mundo impedir que mis manos cayesen sobre sus lindas caras
rientes. Era un loco impulso, pero el demonio engendrado por el miedo y la
cólera ciega estaba mal refrenado y aun ansioso de aprovecharse de mi
perplejidad. La hierba me trajo un mejor consejo. Encontré unos surcos marcados
en ella, aproximadamente a mitad de camino entre el pedestal de la esfinge y las
huellas de pasos de mis pies, a -mi llegada. Había alrededor otras señales de
traslación, con extrañas y estrechas huellas de pasos tales que las pude creer
hechas por un perezoso[9]. Esto dirigió mi atención más cerca del pedestal


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