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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.36

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cerilla. Porque ellos habían olvidado lo que eran las cerillas. «¿Dónde está mi
Máquina del Tiempo?», comencé, chillando como un niño furioso, asiéndolos y
sacudiéndolos a un tiempo. Debió parecerles muy raro aquello. Algunos rieron, la
mayoría parecieron dolorosamente amedrentados. Cuando vi que formaban corro a mi
alrededor, se me ocurrió que estaba haciendo una cosa tan necia como era posible
hacerla en aquellas circunstancias, intentando revivir la sensación de miedo.
Porque razonando conforme a su comportamiento a la luz del día: pensé que el
miedo debía estar olvidado.

Bruscamente tiré la cerilla, y, chocando con algunos de aquellos seres en mi
carrera, crucé otra vez, desatinado, el enorme comedor hasta Regar afuera bajo
la luz de la luna. Oí gritos de terror y sus piececitos corriendo y tropezando
aquí y allá. No recuerdo todo lo que hice mientras la luna ascendía por el
cielo. Supongo que era la circunstancia inesperada de mi pérdida lo que me
enloquecía. Sentíame desesperanzado, separado de mi propia especie, -como un
extraño animal en un mundo desconocido. Debí desvariar de un lado para otro,
chillando y vociferando contra Dios y el Destino. Recuerdo que sentí una
horrible fatiga, mientras la larga noche de desesperación transcurría; que
remiré en tal o cual sitio imposible; que anduve a tientas entre las ruinas
iluminadas por la luna y que toqué extrañas criaturas en las negras sombras, y,
por último, que me tendí sobre la tierra junto a la esfinge, llorando por mi
absoluta desdicha, pues hasta la cólera por haber cometido la locura de
abandonar la máquina había desaparecido con mi fuerza. No me quedaba más que mi
desgracia. Luego me dormí, N, cuando desperté otra vez era ya muy de día, y una
pareja dé gorriones brincaba a mi alrededor sobre la hierba, al alcance de mi
mano.

Me senté en el frescor de la mañana, -intentando recordar cómo había llegado
hasta allí, y por qué experimentaba una tan profunda sensación de abandono y
desesperación. Entonces las cosas se aclararon en mi mente. Con la clara

razonable luz del día, podía considerar de frente mis circunstancias.


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