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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.35

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Corrí furiosamente
alrededor, como si la máquina pudiera estar oculta en algún rincón, y luego me
detuve en seco, agarrándome el pelo con las manos. Por encima de mí descollaba
la esfinge, sobre su pedestal de bronce, blanca, brillante, leprosa, bajo la luz
de la luna que ascendía. Parecía reírse burlonamente de mi congoja.

Pude haberme consolado a mí mismo imaginando que los pequeños seres habían
llevado por mí el aparato a algún refugio, de no haber tenido la seguridad de su
incapacidad física e intelectual. Esto era lo que me acongojaba: la sensación de
algún poder insospechado hasta entonces, por cuya intervención mi invento había
desaparecido. Sin embargo, estaba seguro de una cosa: salvo que alguna otra
Época hubiera construido un duplicado exacto, la máquina no podía haberse movido
a través del tiempo. Las conexiones de las palancas -les mostraré después el
sistema- impiden que, una vez quitadas, nadie pueda ponerla en movimiento de
ninguna manera. Había sido transportada y escondida solamente en el espacio.
Pero, entonces, ¿dónde podía estar?

Creo que debí ser presa de una especie de frenesí. Recuerdo haber recorrido
violentamente por dentro y por fuera, a la luz de la luna, todos los arbustos
que rodeaban a la esfinge, y asustado en la incierta claridad a algún animal
blanco al que tomé por un cervatillo. Recuerdo también, ya muy avanzada la
noche, haber aporreado las matas con mis puños cerrados hasta que mis
articulaciones quedaron heridas y sangrantes por las ramas partidas. Luego,
sollozando y delirando en mi angustia de espíritu, descendí hasta el gran
edificio de piedra. El enorme vestíbulo estaba oscuro, silencioso y desierto.
Resbalé sobre un suelo desigual y caí encima de una de las mesas de malaquita,
casi rompiéndome la espinilla. Encendí una cerilla y penetré al otro lado de las
cortinas polvorientas de las que les he hablado.

Allí encontré un segundo gran vestíbulo cubierto de cojines, sobre los cuales
dormían, quizá, una veintena de aquellos pequeños seres. Estoy seguro de que
encontraron mi segunda aparición bastante extraña, surgiendo repentinamente de
la tranquila oscuridad con ruidos inarticulados y el chasquido y la llama de una


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