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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.29

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padres. Pensé entonces que los niños de aquel tiempo eran sumamente precoces, al
menos físicamente, y pude después comprobar ampliamente mi opinión.

Viendo la desenvoltura y la seguridad en que vivían aquellas gentes, comprendí
que aquel estrecho parecido de los sexos era, después de todo, lo que podía
esperarse; pues la fuerza de un hombre y la delicadeza de una mujer, la
institución de la familia y la diferenciación de ocupaciones son simples
necesidades militantes de una edad de fuerza física. Allí donde la población es
equilibrada y abundante, muchos nacimientos llegan a ser un mal más que un
beneficio para el Estado; allí donde la violencia es rara y la prole es segura,
hay menos necesidad -realmente no existe la, necesidad- de una familia eficaz, y
la especialización de los sexos con referencia a las necesidades de sus hijos
desaparece Vemos algunos indicios de esto hasta en nuestro propio tiempo, y en
esa edad futura era un hecho consumado. Esto, debo recordárselo a ustedes, era
una conjetura que hacia yo en aquel momento. Después, iba a poder apreciar cuán
lejos estaba de la realidad.

Mientras meditaba sobre estas cosas, atrajo mi atención una linda y pequeña
construcción, parecida a un pozo bajo una cúpula. Pensé de modo pasajero en la
singularidad de que existiese aún un pozo, y luego reanudé el hilo de mis
teorías. No había grandes edificios hasta la cumbre de la colina, Y corno mis
facultades motrices eran evidentemente milagrosas, pronto me encontré solo por
primera vez. Con una extrana sensacion de libertad y de aventura avancé h la
cumbre.

Allí encontré un asiento hecho de un metal amarillo, no reconocí, corroído a
trechos por una especie de o rosado y semicubierto de blando musgo; tenía los
brazos vaciados y bruñidos en forma de cabezas de grifo. Me senté y contemplé la
amplia visión de nuestro viejo mundo bajo el sol poniente de aquel largo día.
Era uno de los más bellos y agradables espectáculos que he visto nunca. El sol
se había puesto ya por debajo del horizonte y el oeste era de oro llameante,


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