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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.28

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nuestro planeta en el año de gracia 802.701. Pues ésta era, como debería
-haberlo explicado, la fecha que los pequeños cuadrantes de mi máquina
señalaban.

Mientras caminaba, estaba alerta a toda impresión que pudiera probablemente
explicarme el estado de ruinoso esplendor en que encontré al mundo, pues
aparecía ruinoso. En un pequeño sendero que ascendía a la colina, por ejemplo,
había un amontonamiento de granito, ligado por masas de aluminio, un amplio
laberinto de murallas escarpadas y de piedras desmoronadas, entre las cuales
crecían espesos macizos de bellas plantas en forma de pagoda -ortigas
probablemente-, pero de hojas maravillosamente coloridas de marrón y que no
podían pinchar. Eran evidentemente los restos abandonados de alguna gran
construcción, erigida con un fin que no podía yo determinar. Era allí donde
estaba yo destinado, en una fecha posterior, a llevar a cabo una experiencia muy
extrana -primer indicio de un descubrimiento más extraño aún-, pero de la cual
hablaré en su adecuado lugar.

Miré alrededor con un repentino pensamiento, desde una terraza en la cual
descansé un rato, y me di cuenta de que no había allí ninguna casa pequeña. Al
parecer, la mansión corriente, y probablemente la casa de familia, habían
desaparecido. Aquí y allá entre la verdura había edificios semejantes a
palacios, pero la casa normal y la de campo, que prestan unos rasgos tan
característicos a nuestro paisaje inglés, habían desaparecido.

«Es el comunismo», dije para mí.

Y pisándole los talones a éste vino otro pensamiento. Miré la media docena de
figuritas que me seguían. Entonces, en un relámpago, percibí que todas tenían la
misma forma de vestido, la misma cara imberbe y suave, y la misma morbidez
femenil de miembros. Podrá parecer extraño, quizá, que no hubiese yo notado
aquello antes. Pero ¡era todo tan extraño! Ahora veo el hecho con plena
claridad. En el vestido y en todas las diferencias de contextura y de porte que
marcan hoy la distinción entre uno y otro sexo, aquella gente del futuro era
idéntica. Y los hijos no parecían ser a mis ojos sino las miniaturas de sus


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