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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.26

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cortinas que colgaban sobre el extremo inferior aparecían cubiertas de polvo. Y
mi mirada descubrió que la esquina de la mesa de mármol, cercana a mí, estaba
rota. No obstante lo cual, el efecto general era de suma suntuosidad y muy
pintoresco. Había allí, quizá, un par de centenares de gente comiendo en el
vestíbulo; y muchas de ellas, sentadas tan cerca de mí como podían, me
contemplaban con interés, brillándoles los ojillos sobre el fruto que comían.
Todas estaban vestidas con la misma tela suave, sedeña y, sin embargo, fuerte.

La fruta, dicho sea de paso, constituía todo su régimen alimenticio. Aquella
gente del remoto futuro era estrictamente vegetariana, y mientras estuve con
ella, pese a algunos deseos carnívoros, tuve que ser frugívoro. Realmente, vi
después que los caballos, el ganado, las ovejas, los perros, habían seguido al
ictiosaurio en su extinción. Pero las frutas eran en verdad deliciosas; una en
particular, que pareció estar en sazón durante todo el tiempo que permanecí allí
-una fruta harinosa de envoltura triangular-, era especialmente sabrosa, e hice
de ella mi alimento habitual. Al principio me desconcertaban todas aquellas
extrañas frutas, y las flores raras que veía, pero después empecé a comprender
su importancia.

Y ahora ya les he hablado a ustedes bastante de mi alimentación frugívora en el
lejano futuro. Tan pronto como calmé un poco mi apetito, decidí hacer una
enérgica tentativa para aprender el lenguaje de aquellos nuevos compañeros míos.
Era, evidentemente, lo primero que debía hacer. Las frutas parecían una cosa
adecuada para iniciar aquel aprendizaje, y cogiendo una la levanté esbozando una
serie de sonidos y de gestos interrogativos. Tuve una gran dificultad en dar a
entender mi propósito. Al principio mis intentos tropezaron con unas miradas
fijas de sorpresa o con risas inextinguibles, pero pronto una criatura de
cabellos rubios pareció captar mi intención y repitió un nombre. Ellos charlaron
y se explicaron largamente la cuestión unos a otros, y mis primeras tentativas
de imitar los exquisitos y sonidos de su lenguaje produjeron una enorme e
ingenua, ya que no cortés, diversión. Sin embargo, me sentí un maestro de


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