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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.25

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pero, como ya he dicho, no pude examinarlas de cerca en aquel momento. La
Máquina del Tiempo quedó abandonada sobre la hierba, entre los rododendros.

El arco de la entrada estaba ricamente esculpido, pero, naturalmente, no pude
observar desde muy cerca las esculturas, aunque me pareció vislumbrar indicios
de antiguos adornos fenicios al pasar y me sorprendió que estuvieran muy rotos y
deteriorados por el tiempo. Vinieron a mi encuentro en la puerta varios seres
brillantemente ataviados, entramos, yo vestido con deslucidas ropas del siglo
XIX, de aspecto bastante grotesco, enguirnaldado de flores, y rodeado de una
remolineante masa de vestidos alegres y suavemente coloridos y de miembros
tersos y blancos en un melodoso corro de risas y de alegres palabras.

La enorme puerta daba a un vestíbulo relativamente grande, tapizado de oscuro.
El techo estaba en la sombra, y las ventanas, guarnecidas en parte de cristales
de colores y desprovistas de ellos, dejaban pasar una luz suave. El suelo estaba
hecho de inmensos bloques de un metal muy duro, no de planchas ni de losas;
pensé que debía estar tan desgastado por el ir y venir de pasadas generaciones,
debido a los hondos surcos que había a lo largo de los caminos más frecuentados.
Transversalmente a su longitud había innumerables mesas hechas de losas de
pulimentada, elevadas, quizá, un pie del suelo, y sobre ellas montones de
frutas. Reconocí algunas como una especie de frambuesas y naranjas
hipertrofiadas, pero la mayoría eran muy raras.

Entre las mesas había esparcidos numerosos cojines. Mis guías se sentaron sobre
ellos, indicándome que hiciese otro tanto. Con una grata ausencia de ceremonia
comenzaron a comer las frutas con sus manos, arrojando las pieles, las pepitas y
lo demás, dentro de unas aberturas redondas que había a los lados de las mesas.
Estaba yo dispuesto a seguir su ejemplo, pues me sentía sediento y hambriento.
Mientras lo hacía, observé el vestíbulo con todo sosiego.

Y quizá la cosa que me chocó más fue su aspecto ruinoso. Los cristales de color,
que mostraban un solo modelo geométrico, estaban rotos en muchos sitios y las


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