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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.24

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intelectual era el de un niño de cinco años, que me preguntaba en realidad ¡si
había yo llegado del sol con 1. tronada! Lo cual alteró la opinión que me había
formado de ellos por sus vestiduras, sus miembros frágiles y ligeros y sus
delicadas facciones. Una oleada de desengaño cayó sobre mi mente. Durante un
momento sentí que había construido la Máquina del Tiempo en vano.

Incliné la cabeza, señalando hacia el sol, e interpreté tal, gráficamente un
trueno, que los hice estremecer. Se apartaron todos un paso o más y se
inclinaron. Entonces uno de ellos avanzó riendo hacia mí, llevando una guirnalda
de bellas flores, que me eran desconocidas por completo, y me la puso al cuello.
La idea fue acogida con un melodioso aplauso; y pronto todos empezaron a correr
de una parte a otra cogiendo flores; y, riendo, me las arrojaban hasta que
estuve casi asfixiado bajo el amontonamiento. Ustedes que no han visto nunca
nada parecido, apenas podrán figurarse qué flores delicadas y maravillosas han
creado innumerables anos de cultura. Después, uno de ellos sugirió que su
juguete debía ser exhibido en el edificio más próximo y así me llevaron más allá
de la esfinge de mármol blanco, que parecía haber estado mirándome entretanto
con una sonrisa ante mi asombro, hacia un amplio edificio gris de piedra
desgastada. Mientras iba con ellos, volvió a mi mente con irresistible júbilo el
recuerdo de mis confiadas anticipaciones de una posteridad hondamente seria e
intelectual.

El edificio tenía una enorme entrada y era todo él de colosales dimensiones.
Estaba yo naturalmente muy ocupado por la creciente multitud de gentes menudas y
por las grandes puertas que se abrían ante mí sombrías y misteriosas. Mi
impresión general del mundo que veía sobre sus cabezas era la de un confuso
derroche de hermosos arbustos y de flores, de un jardín largo tiempo descuidado
y, sin embargo, sin malas hierbas. Divisé un gran número de extrañas flores
blancas, de altos tallos, que medían quizá un pie en sus pétalos de cera
extendidos. Crecían desperdigadas, silvestres, entre los diversos arbustos,


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