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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.23

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En verdad tenían
algo aquellas lindas gentes que inspiraba confianza: una graciosa dulzura,
cierta desenvoltura infantil. Y, además, parecían tan frágiles que me imaginé a
mí mismo derribando una docena entera de ellos como si fuesen bolos. Pero hice
un movimiento repentino para cuando vi sus manitas rosadas palpando la Máquina
del Tiempo. Afortunadamente, entonces, cuando no era todavía demasiado tarde,
pensé en un peligro del que me había olvidado hasta aquel momento, y, tomando
las barras de la máquina, desprendí las pequeñas palancas que la hubieran puesto
en movimiento y las metí en mi bolsillo. Luego intenté hallar el medio de
comunicarme con ellos.

Entonces, viendo más de cerca sus rasgos, percibí nuevas particularidades en su
tipo de belleza, muy de porcelana de Desde[7]. Su pelo, que estaba rizado por
igual, terminaba en punta sobre el cuello y las mejillas; no se veía el más leve
indicio de vello en su cara, y sus orejas eran singularmente menudas. Las bocas,
pequeñas, de un rojo brillante, de labios más bien delgados, y las barbillas
reducidas, acababan en punta. Los ojos grandes y apacibles, y -esto puede
parecer egoísmo por mi parte- me imaginé entonces que les faltaba cierta parte
del interés que había yo esperado encontrar en ellos.

Como no hacían esfuerzo alguno para comunicarse conmigo, sino que me rodeaban
simplemente, sonriendo y hablando entre ellos en suave tono arrullado, inicié la
conversación. Señalé hacia la máquina del Tiempo y hacia mí mismo. Luego,
vacilando un momento sobre cómo expresar la idea de tiempo, indiqué el sol con
el dedo. Inmediatamente una figura pequeña, lindamente arcaica, vestida con una
estofa blanca y púrpura, siguió mi gesto y, después, me dejó atónito imitando el
ruido del trueno.

Durante un instante me quedé tambaleante, aunque la importancia de su gesto era
suficientemente clara. Una pregunta se me ocurrió bruscamente: ¿estaban locos
aquellos seres? Les sería difícil a ustedes comprender cómo se me ocurrió
aquello. Ya saben que he previsto siempre que las gentes del año 802.000 y
tantos nos adelantarán increíblemente en conocimientos, arte, en todo. Y, en
seguida, uno de ellos me hacía de repente una pregunta que probaba que su nivel


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