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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.22

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figuras vestidas con ricos y suaves ropajes. Me habían visto, y sus caras
estaban vueltas hacia mí.

Oí entonces voces que se acercaban. Viniendo a través de los macizos que crecían
junto a la Esfinge Blanca, veía las cabezas y los hombros de unos seres
corriendo. Uno de ellos surgió de una senda que conducía directamente al pequeño
prado en el cual permanecía con mi máquina. Era una ligera criatura -de una
estatura quizá de cuatro pies- vestida con una túnica púrpura, ceñida al talle
por un cinturón de cuero. Unas sandalias o coturnos -no pude distinguir
claramente lo que eran- calzaban sus pies; sus piernas estaban desnudas hasta
las rodillas, y su cabeza al aire. Al observar esto, me di cuenta por primera
vez de lo cálido que era el aire.

Me impresionaron la belleza y la gracia de aquel ser, aunque me chocó también su
fragilidad indescriptible. Su cara sonrosada me recordó mucho la clase de
belleza de los tísicos, esa belleza hética de la que tanto hemos oído hablar. Al
verle recobré de pronto la confianza. Aparté mis manos de la máquina.



EN LA EDAD DE ORO


En un momento estuvimos cara a cara, yo y aquel ser frágil, mas allá del futuro.
Vino directamente a mí y se echó a reír en mis narices. La ausencia en su
expresión de todo signo de miedo me impresionó en seguida. Luego se volvió hacia
los otros dos que le seguían y les habló en una lengua extraña muy dulce y
armoniosa.

Acudieron otros más, y pronto tuve a mi alrededor un pequeño grupo de unos ocho
o diez de aquellos exquisitos seres. Uno de ellos se dirigió a mí. Se me
ocurrió, de un modo bastante singular, que mi voz era demasiado áspera y
profunda para ellos. Por eso moví la cabeza y, señalando mis oídos, la volví a
mover. Dio él un paso hacia delante, vaciló tocó mi mano. Entonces sentí otros
suaves tentáculos sobre mi espalda y mis hombros. Querían comprobar si era yo un
ser real. No había en esto absolutamente nada de alarmante.


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