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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.21

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promesa del sol.

Volví a mirar a la figura blanca, agachado, y la plena temeridad de mi viaje se
me apareció de repente. ¿Qué iba a suceder cuando aquella cortina brumosa se
hubiera retirado por entero? ¿Qué podría haberles sucedido a los hombres? ¿Qué
hacer si la crueldad se había convertido en una pasión común? ¿Qué, si en ese
intervalo la raza había perdido su virilidad, desarrollándose como algo
inhumano, indiferente y abrumadoramente potente? Yo podría parecer algún salvaje
del viejo mundo, pero el más espantoso por nuestra común semejanza, un ser
inmundo que habría que matar inmediatamente.

Ya veía yo otras amplias formas: enormes edificios con intricados parapetos y
altas columnas, entre una colina oscuramente arbolada que llegaba hasta mí a
través de la tormenta encalmada. Me sentí presa de un terror pánico. Volví
frenéticamente hacia la Máquina del Tiempo, y me esforcé penosamente en
reajustarla. Mientras lo intentaba los rayos del sol traspasaron la tronada. El
gris aguacero había pasado y se desvaneció como las vestiduras arrastradas por
un fantasma. Encima de mí, en el azul intenso del cielo estival, jirones oscuros
y ligeros de nubes remolineaban en la nada. Los grandes edificios a mi alrededor
se elevaban claros y nítidos, brillantes con la lluvia de la tormenta, y
resultando blancos por las piedras de granizo sin derretir, amontonadas a lo
largo de sus hiladas. Me sentía desnudo en un extraño mundo. Experimenté lo que
quizá experimenta un pájaro en el aire claro, cuando sabe que el gavilán vuela y
quiere precipitarse sobre él. Mi pavor se tornaba frenético. Hice una larga
aspiración, apreté los dientes, y luché de nuevo furiosamente, empleando las
muñecas y las rodillas, con la máquina. Cedió bajo mi desesperado esfuerzo y
retrocedió. Golpeó violentamente mi barbilla. Con una mano sobre el asiento y la
otra sobre la palanca permanecí jadeando penosamente en actitud de montarme de
nuevo.

Pero con la esperanza de una pronta retirada recobré mi valor. Miré con más
curiosidad y menos temor aquel mundo del remoto futuro. Por una abertura
circular, muy alta en el muro del edificio más cercano, divisé un grupo de


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