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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.17

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un momento sospeché que mi intelecto me había engañado. Observé el reloj. Un
momento antes, eso me pareció, marcaba un minuto o así después de las diez, ¡y
ahora eran casi las tres y media!

Respiré, apretando los dientes, así con las dos manos la palanca de arranque, y
partí con un crujido. El laboratorio se volvió brumoso y luego oscuro. La señora
Watchets, mi ama de llaves, apareció y fue, al parecer sin verme, hacia la
puerta del jardín. Supongo que necesitó un minuto o así para cruzar ese espacio,
pero me pareció que iba disparada a través de la habitación como un cohete.
Empujé la palanca hasta su posición extrema. La noche llegó como se apaga una
lámpara, y en otro momento vino la mañana. El laboratorio se tornó desvaído y
brumoso, y luego cada vez más desvaído. Llegó la noche de mañana, después el día
de nuevo, otra vez la noche; luego, volvió el día, y así sucesivamente más y más
de prisa. Un murmullo vertiginoso llenaba mis oídos, y una extraña, silenciosa
confusión descendía sobre mi mente.

Temo no poder transmitir las peculiares sensaciones del viaje a través del
tiempo. Son extremadamente desagradables. Se experimenta un sentimiento
sumamente parecido al que se tiene en las montañas rusas zigzagueantes (¡un
irresistible movimiento como si se precipitase uno de cabeza!). Sentí también la
misma horrible anticipación de inminente aplastamiento. Cuando emprendí la
marcha, la noche seguía al día como el aleteo de un ala negra. La oscura
percepción del laboratorio pareció ahora debilitarse en mí, y vi el sol saltar
rápidamente por el cielo, brincando a cada minuto, y cada minuto marcando un
día. Supuse que el laboratorio había quedado destruido y que estaba yo al aire
libre. Tuve la oscura impresión de hallarme sobre un andamiaje, pero iba ya
demasiado de prisa para tener conciencia de cualquier cosa movible. El caracol
más lento que se haya nunca arrastrado se precipitaba con demasiada velocidad
para mí. La centelleante sucesión de oscuridad y de luz era sumamente dolorosa
para los ojos. Luego, en las tinieblas intermitentes vi la luna girando


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