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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.12

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-¡Hola! –dije-. ¡Por fin!

La puerta se abrió del todo y el Viajero a través del Tiempo se presentó ante
nosotros. Lancé un grito de sorpresa.

-¡Cielo santo! ¿Qué pasa amigo? -exclamó el Doctor, que lo vio después. Y todos
los presentes se volvieron hacia la puerta.

Aparecía nuestro anfitrión en un estado asombroso. Su chaqueta estaba
polvorienta y sucia, manchada de verde en las mangas, y su pelo enmarañado me
pareció más gris, ya fuera por el polvo y la suciedad o porque estuviese ahora
descolorido. Tenía la cara atrozmente pálida y en su mentón un corte oscuro, a
medio cicatrizar; su expresión era ansiosa y descompuesta como por un intenso
sufrimiento. Durante un instante vaciló en el umbral, como si le cegase la luz.
Luego entró en la habitación. Vi que andaba exactamente como un cojo que tiene
los pies doloridos de vagabundear. Le mirábamos en silencio, esperando a que
hablase.

No dijo una palabra, pero se acercó penosamente a la mesa e hizo un ademán hacia
el vino. El Director del diario llenó una copa de champaña y la empujó hacia él.
La vació, pareciendo sentirse mejor. Miró a su alrededor, y la sombra de su
antigua sonrisa fluctuó sobre su rostro.

-¿Qué ha estado usted haciendo bajo tierra, amigo mío? -dijo el Doctor.

El Viajero a través del Tiempo no pareció oír.

-Permítame que le interrumpa -dijo, con vacilante pronunciación-. Estoy muy
bien.

Se detuvo, tendió su copa para que la llenasen de nuevo, y cogiéndola la volvió
a vaciar.

-Esto sienta bien -dijo. Sus ojos grises brillaron, y un ligero color afloró a
sus mejillas. Su mirada revoloteó sobre nuestros rostros con cierta apagada
aprobación y luego recorrió el cuarto caliente y confortable. Después habló de
nuevo, como buscando su camino entre sus palabras-. Voy a lavarme y a vestirme,
y luego bajaré y explicaré las cosas. Guárdenme un poco de ese carnero. Me muero
de hambre y quisiera comer algo.

Vio al Director del diario, que rara vez iba a visitarlo, y le preguntó cómo


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