Los Miserables (Víctor Hugo) - pág.251
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Y así seguían sus pensamientos, página a página, para terminar diciendo:
"Si no hubiera quien amase, se apagaría el sol".
Mientras leía el cuaderno, Cosette iba cayendo poco a poco en un ensueño. Estaba escrito, pensaba, por la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina, como cuando se acaba la tinta y se vuelve a llenar el tintero, y por consiguiente en distintos días. Era, pues, un pensamiento que se había derramado allí suspiro a suspiro, sin orden, sin elección, sin objeto, a la casualidad. Cosette no había leído nunca nada semejante. Aquel manuscrito en que se veía más claridad que oscuridad, le causaba el mismo efecto que un santuario entreabierto. Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía a sus ojos y le inundaba el corazón de una luz extraña. Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor y una esperanza inmensa; un corazón oprimido y un éxtasis manifestado. ¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada. ¿Quién la había escrito?
Cosette no dudó ni un minuto. Sólo un hombre. ¡El!
¡Era él quien le escribía! ¡El, que estaba allí! ¡El, que la había encontrado!
Entró en la casa y se encerró en su cuarto para volver a leer el manuscrito, para aprenderlo de memoria, y para pensar. Cuando lo hubo leído, lo besó y lo guardó.
Pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.
III
Los viejos desaparecen en el momento oportuno
Cuando llegó la noche, salió Jean Valjean, y Cosette se vistió. Se peinó del modo que le sentaba mejor y se puso un bonito vestido. ¿Quería salir? No. ¿Esperaba una visita? No.
Al anochecer bajó al jardín. Empezó a pasear bajo los árboles, separando de tanto en tanto algunas ramas con la mano porque las había muy bajas.
Así llegó al banco. Se sentó, y puso su mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.
De pronto sintió esa sensación indefinible que se experimenta, aun sin ver, cuando se tiene alguien detrás. Volvió la cabeza y se levantó. Era él.
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y delgado. Tenía, bajo un velo de incomparable dulzura, algo de muerte y de noche. Su rostro estaba iluminado por la claridad del día que muere y por el pensamiento de un alma que se va.
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