Los Miserables (Víctor Hugo) - pág.101
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Por única criada tenía a Cosette, un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al sonido de su voz, los vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y no temía más que a su marido.
Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo, endeble, que parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la mirada de una zorra y quería dar la imagen de un intelectual. Era astuto y equilibrado; silencioso o charlatán según la ocasión, y muy inteligente. jamás se emborrachaba; era un estafador redomado, un genial mentiroso.
Pretendía haber servido en el ejército y contaba con toda clase de detalles que en Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo contra un escuadrón de Húsares de la Muerte, y había salvado en medio de la metralla a un general herido gravemente. De allí venía el nombre de su taberna, "El Sargento de Waterloo", y la enseña pintada por él mismo. No tenía más que un pensamiento: enriquecerse. Y no lo conseguía. A su gran talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en Montfermeil y, sin embargo, este perdido hubiera llegado a ser millonario en Suiza o en los Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí donde la suerte lo pone.
En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeudado en unos mil quinientos francos de pago urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repugnante y terrible, sufriendo su doble presión como una criatura que se viera a la vez triturada por una piedra de molino y hecha trizas por unas tenazas. El hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de martirizar. Si Cosette era molida a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el invierno era obra del marido.
Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frotaba, barría, sudaba, cargaba con las cosas más pesadas; y débil como era se ocupaba de los trabajos más duros. No había piedad para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La pobre niña sufría y callaba.
III
Vino para los hombres y agua a los caballos
Llegaron cuatro nuevos viajeros.
Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso llenar los jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no quedaba ya agua en la vasija.
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