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Drácula (Abraham Stroker) - pág.401

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El camino real continuaba hacia abajo y podíamos verlo a pesar de la nieve que lo cubría.
Al cabo de un momento, el profesor me hizo señas y, levantándome, me dirigí hacia él. Había encontrado un lugar magnífico; una especie de hueco natural en una roca, con una entrada semejante a una puerta, entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me hizo entrar.
-¡Vea! -me dijo-. Aquí estará usted a salvo, y si los lobos se acercan, podrá recibirlos uno por uno.
Llevó al interior todas nuestras pieles y me preparó un lecho cómodo; luego, sacó algunas
provisiones y me obligó a consumirlas. Pero no podía comer, e incluso el tratar de hacerlo me resultaba repulsivo; aunque me hubiera gustado mucho poder complacerlo, no pude hacerlo. Pareció muy entristecido. Sin embargo, no me hizo ningún reproche. Sacó de su estuche sus anteojos y permaneció en la parte más alta de la roca, examinando cuidadosamente el horizonte. Repentinamente, gritó:
-¡Mire, señora Mina! ¡Mire! ¡Mire!
Me puse en pie de un salto y ascendí a la roca, deteniéndome a su lado; me tendió los anteojos y señaló con el dedo. La nieve caía con mayor fuerza y giraba en torno nuestro con furia, debido a que se había desatado un viento muy fuerte. Sin embargo, había veces en que la ventisca se calmaba un poco y lograba ver una gran extensión de terreno. Desde la altura en que nos encontrábamos, era posible ver a gran distancia y, a lo lejos, más allá de la blanca capa de nieve, el río que avanzaba formando meandros, como una cinta negra, justamente frente a nosotros y no muy lejos..., en realidad tan cerca, que me sorprendió que no los hubiéramos visto antes, avanzaba un grupo de hombres montados a caballo, que se apresuraban todo lo que podían. En medio de ellos llevaban una carreta, un vehículo largo que se bamboleaba de un lado a otro, como la cola de un perro, cuando pasaba sobre alguna desigualdad del terreno. En contraste con la nieve, tal y como aparecían, comprendí por sus ropas que debía tratarse de campesinos o de guanos.
Sobre la carreta había una gran caja cuadrada, y sentí que mi corazón comenzaba a latir fuertemente debido a que presentía que el fin estaba cercano. La noche se iba acercando ya, y sabía perfectamente que, a la puesta del sol, la cosa que estaba encerrada en aquella caja podría salir y, tomando alguna de las formas que estaban en su poder, eludir la persecución.


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