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Drácula (Abraham Stroker) - pág.399

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Había registrado todas las tumbas de la capilla, según creo, y como solamente había habido cerca de nosotros, durante la noche, tres de esos fantasmas de muertas vivas, supuse que no había más muertas vivas activas que ellas. Había una gran tumba, más señorial que todas las demás, enorme y de noblesproporciones. Sobre ella había escrita una sola palabra: DRÁCULA
Así pues, aquella era la tumba del Rey Vampiro, al que se debían tantos otros. El hecho de que estuviese vacía fue lo suficientemente elocuente como para asegurarme de lo que ya sabía. Antes de comenzar a restaurar a aquellas mujeres a su calidad de muertas verdaderas, por medio de mi horrible trabajo, dejé una parte de la hostia sagrada en la tumba de Drácula, haciendo así que la entrada le fuera prohibida y que permaneciera eternamente como muerto vivo.
Entonces comenzó mi terrible tarea, y tuve horror de ella. Si solamente hubiera sido una, no resultaría difícil, relativamente. Pero, ¡eran tres! Tenía que recomenzar dos veces después de haber llegado al colmo del horror. Puesto que si fue terrible con la dulce Lucy, ¿cómo no iba a serlo con aquellas desconocidas, que habían sobrevivido durante varios siglos y que habían sido fortalecidas por el
paso de los años? Si pudieran, ¿lucharían por sus horrendas vidas…?
¡Oh, amigo John, era un trabajo de carnicero! Si no me hubiera dado ánimos el pensar en otros muertos y en los vivos sobre los que pesaba un error semejante, no habría podido hacerlo. No ceso de temblar todavía, aunque hace tiempo ya que el trabajo ha concluido. Gracias a Dios, mis nervios no me traicionaron. Si no hubiera visto el reposo en primer lugar y la alegría que se extendió sobre el rostro del cadáver un momento antes de que comenzara la disolución, como demostración de que un alma había sido liberada, no hubiera podido concluir mi carnicería. No hubiera podido soportar el terrible ruido de la estaca al penetrar, los labios cubiertos de espuma sanguinolenta, ni el retorcerse del cuerpo. Debí dejar mi trabajo sin terminar, huyendo aterrorizado de allí, pero, ¡ya está concluido! Y en cuanto a las pobres almas, puedo ahora sentir lástima por ellas y derramar lágrimas, puesto que vi la paz que se extendía sobre sus rostros, antes de desaparecer. Puesto que, amigo John, apenas había cortado con mi cuchillo la cabeza de todas ellas, cuando los cuerpos comenzaron a desintegrarse hasta convertirse en el polvo natural, como si la muerte que debía haberse producido varios siglos antes, se hubiera finalmente establecido con firmeza, proclamando: "¡Aquí estoy!"


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