Drácula (Abraham Stroker) - pág.397
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Los caballos están casi preparados, y nos ponemos en marcha inmediatamente. Vamos hacia la muerte de alguien. Solamente Dios sabe de quién o dónde, o qué o cuándo o cómo puede suceder...
Memorando, por el doctor van Helsing
5 de noviembre, por la tarde. Por lo menos, estoy cuerdo. Gracias a Dios por su misericordia en medio de tantos sucesos, aunque hayan resultado una prueba terrible.
Cuando dejé a la señora Mina dormida en el interior del círculo sagrado, me encaminé hacia el castillo. El martillo de herrero que llevaba en la calesa desde Veresti me ha sido útil; aunque las puertas estaban abiertas, las hice salir de sus goznes oxidados, para evitar que algún intento maligno o la mala suerte pudieran cerrarlas de tal modo que una vez dentro no pudiera volver a salir. Las amargas experiencias de Jonathan me sirven.
Recordando su diario, encuentro el camino hacia la vieja capilla, ya que sé que es allí donde voy a tener que trabajar. La atmósfera era sofocante; parecía que había en ella algún ácido sulfuroso que, a veces, me atontó un poco. O bien oía un rugido, o me llegaban distorsionados los aullidos de los lobos. Entonces, me acordé de mi querida señora Mina y me encontré en medio de un terrible dilema.
No me he permitido traerla a este horrendo lugar, sino que la he dejado a salvo de los vampiros en el círculo sagrado; sin embargo, ¡había lobos que la ponían en peligro! Resolví que tenía que hacer el principal trabajo en el castillo, y que en lo tocante a los lobos deberíamos someternos a la voluntad de Dios. De todos modos, eso significaría sólo la muerte y la libertad. Así es que me decidí por ella. Si la elección hubiera sido por mí, no me hubiera sido difícil decidirme; ¡era mil veces mejor encontrarse en medio de una jauría de lobos que en la tumba del vampiro! Por consiguiente, decidí continuar mi trabajo.
Sabía que había al menos tres tumbas que encontrar, las cuales estaban habitadas. De modo que busqué sin descanso, y encontré una de ellas. Estaba tendida en su sueño de vampiro, tan llena de vida y de voluptuosa belleza que me estremecí, como si me dispusiera a cometer un crimen. No pongo en duda que, en la antigüedad, a muchos hombres que se disponían a llevar a cabo una tarea como la mía les fallaran el corazón y los nervios.
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