Drácula (Abraham Stroker) - pág.394
Indice General
|
Volver
Página 394 de 408
En ese momento, los caballos comenzaron a inquietarse y a tirar de sus riendas, hasta que me acerqué a ellos y los calmé. Cuando sintieron mis manos sobre ellos, relincharon en tono bajo, como de alegría, frotaron sus hocicos en mis manos y permanecieron tranquilos durante un momento. Muchas veces, en el curso de la noche, me levanté y me acerqué a ellos hasta que llegó el momento frío en que toda la naturaleza se encuentra en su punto más bajo de vitalidad, y, todas las veces, mi presencia los calmaba. Al acercarse la hora más fría, el fuego comenzó a extinguirse y me levanté para echarle más leña, debido a que la nieve caía con más fuerza y, con ella, se acercaba una neblina ligera y muy fría. Incluso en la oscuridad hay un resplandor de cierto tipo, como sucede siempre sobre la nieve, y pareció que los copos de nieve y los jirones de niebla tomaban forma de mujeres, vestidas con ropas que se arrastraban por el suelo. Todo parecía muerto, y reinaba un profundo silencio, que solamente interrumpía la agitación de los caballos, que parecían temer que ocurriera lo peor. Comencé a sentir un tremendo miedo, pero entonces me llegó el sentimiento de seguridad, debido al círculo dentro del que me encontraba. Comencé a pensar también que todo era debido a mi imaginación en medio de la noche, a causa del resplandor, de la intranquilidad, de la fatiga y de la terrible ansiedad. Era como si mis recuerdos de las terribles experiencias de Jonathan me engañaran, porque los copos de nieve y la niebla comenzaron a girar en torno a mí, hasta que pude captar una imagen borrosa de aquellas mujeres que lo habían besado. Luego, los caballos se agacharon cada vez más y se lamentaron aterrorizados, como los hombres lo hacen en medio del dolor. Hasta la locura del temor les fue negada, de manera que pudieran alejarse. Sentí temor por mi querida señora Mina, cuando aquellas extrañas figuras se acercaron y me rodearon. La miré, pero ella permaneció sentada tranquila, sonriéndome; cuando me acerqué al fuego para echarle más leña, me cogió una mano y me retuvo; luego, susurró, con una voz que uno escucha en sueños, sumamente baja:
-¡No! ¡No! No salga. ¡Aquí está seguro!
Me volví hacia ella y le dije, mirándola a los ojos:
-Pero, ¿y usted? ¡Es por usted por quien temo! Al oír eso, se echó a reír.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-408
|