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Drácula (Abraham Stroker) - pág.393

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Las amenazadoras montañas parecían más lejanas y nos encontrábamos cerca de la cima de una colina de pendiente muy pronunciada, y en cuya cumbre se encontraba el castillo, tal como Jonathan indicaba en su diario. Inmediatamente me sentí intranquilo y temeroso, debido a que, ahora, para bien o para mal, el fin estaba cercano. Desperté a la señora Mina y traté nuevamente de hipnotizarla, pero no obtuve ningún resultado. Luego, la profunda oscuridad descendió sobre nosotros, porque aun después del ocaso, los cielos reflejaban el sol oculto sobre la nieve y todo estaba sumido, durante algún tiempo, en
una gigantesca penumbra. Desenganché los caballos, y les di de comer en el albergue que logré encontrar. Luego, encendí un fuego y, cerca de él, hice que la señora Mina, que ahora estaba más despierta y encantadora que nunca, se sentara cómodamente, entre sus pieles. Preparé la cena, pero ella no quiso comer. Dijo simplemente que no tenía hambre. No la presioné, sabiendo que no lo deseaba, pero yo cené, porque necesitaba estar fuerte por todos. Luego, presa aún del temor por lo que pudiera suceder, tracé un círculo grande en torno a la señora Mina y sobre él coloqué parte de la Hostia sagrada
y la desmenucé finamente, para que todo estuviera protegido. Ella permaneció sentada tranquilamente todo el tiempo; tan tranquila como si estuviera muerta, y empezó a ponerse cada vez más pálida, hasta que tenía casi el mismo color de la nieve; no pronunció palabra alguna, pero cuando me acerqué a ella, se abrazó a mí, y noté que la pobre se estremecía de la cabeza a los pies, con un temblor que era doloroso de ver. A continuación, cuando se tranquilizó un poco, le dije:
-¿No quiere usted acercarse al fuego?
Deseaba hacer una prueba para saber si le era posible hacerlo.
Se levantó obedeciendo, pero, en cuanto dio un paso, se detuvo y permaneció inmóvil, como petrificada.
-¿Por qué no continúa? -le pregunté.
Ella meneó la cabeza y, retrocediendo, volvió a sentarse en su lugar.
Luego, mirándome con los ojos muy abiertos, como los de una persona que acaba de despertar de un sueño, me dijo con sencillez:
-¡No puedo! -y guardó silencio.
Me alegró sabiendo que si ella no podía pasar, ninguno de los vampiros, a los que temíamos, podría hacerlo tampoco. ¡Aunque era posible que hubiera peligros para su cuerpo, al menos su alma estaba a salvo!


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