Drácula (Abraham Stroker) - pág.374
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tanto si nos deteníamos, como si no. Si efectuábamos un viaje rápido, eso no nos desacreditaría con los armadores y no causaba daño a nuestro tráfico, y el diablo que habría logrado sus fines, estaría agradecido por no haberle puesto obstáculos.
Esta mezcla de simplicidad y astucia, de superstición y razonamiento comercial, entusiasmó a van Helsing, que dijo:
-¡Amigo mío, ese diablo es mucho más inteligente de lo que muchos piensan y sabe cuándo encuentra la horma de su zapato!
El capitán no se mostró descontento por el cumplido, y siguió diciendo:
-Cuando pasamos el Bósforo, los hombres comenzaron a gruñir; algunos de ellos, los rumanos, vinieron a verme y me pidieron que lanzara por la borda una gran caja que había sido embarcada por un anciano de mal aspecto, poco antes de que saliéramos de Londres. Los había visto espiar al sujeto ese y levantar sus dos dedos índices cuando lo veían, para evitar el mal ojo. ¡Vaya! ¡Las supersticiones de esos extranjeros son absolutamente ridículas! Los mandé a que se ocuparan de sus propios asuntos rápidamente, pero como poco después nos encerró la niebla otra vez, sentí en cierto modo que quizá tuvieran un poco de razón, aunque no podría asegurar que fuera nuevamente la gran caja. Bueno, continuamos navegando y, aunque la niebla no nos abandonó durante cinco días, dejé que el viento nos condujera, puesto que si el diablo quería ir a algún sitio... Bueno, no habría de impedírselo. Y si no nos condujo él, pues, echaremos una ojeada de todos modos. En todo caso, tuvimos aguas profundas y una buena travesía durante todo el tiempo, y hace dos días, cuando el sol de la mañana pasó entre la niebla, descubrimos que estábamos en el río, justamente frente a Galatz. Los rumanos estaban furiosos y deseaban que, ya fuera con mi consentimiento o sin él, se arrojara la gran caja por encima de la borda, al río. Tuve que discutir un poco con ellos, con una barra en la mano, y cuando el último de ellos abandonó el puente con la cabeza entre las manos, había logrado convencerlos de que con mal ojo o no, las propiedades de mis patrones se encontraban mucho mejor a bordo de mi barco que en el fondo del Danubio. Habían subido la caja a la cubierta, disponiéndose a arrojarla al agua, y como estaba marcada Galatz vía Varna, pensé que lo mejor sería dejarla allí, hasta que la descargáramos en el puerto y nos liberáramos de ella de todos modos.
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