Drácula (Abraham Stroker) - pág.371
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Esta mañana temprano, escuchamos, conteniendo la respiración, las respuestas que pudiera darnos durante su trance. La etapa hipnótica tardó todavía más en llegar que la vez anterior, y cuando se produjo, el tiempo que quedaba hasta la salida del sol era tan corto que comenzamos a desesperarnos. Van Helsing parecía poner toda su alma en el esfuerzo; finalmente, obedeciendo a la voluntad del profesor, la señora Harker dijo:
-Todo está oscuro. Oigo el agua al mismo nivel que yo, y ciertos roces, como de madera sobre madera.
Hizo una pausa y el sol rojizo hizo su aparición. Deberemos esperar hasta esta noche.
Por consiguiente, estamos viajando hacia Galatz muy excitados y llenos de expectación. Debemos llegar entre las dos y las tres de la mañana, pero en Bucarest tenemos ya tres horas de retraso, de modo que es imposible que lleguemos antes de que el sol se encuentre ya muy alto en el cielo. ¡Así pues, tendremos todavía otros dos mensajes hipnóticos de la señora Harker! Cualquiera de ellos o ambos pueden arrojar más luz sobre lo que está sucediendo.
Más tarde. El sol se ha puesto ya. Afortunadamente, su puesta se produjo en un momento en el que no había distracción, puesto que si hubiera tenido lugar durante nuestra estancia en una estación, no hubiéramos tenido la suficiente calma y aislamiento. La señora Harker respondió a la influencia hipnótica todavía con mayor retraso que esta mañana. Temo que su poder para leer las sensaciones del conde esté desapareciendo, y en el momento en que más lo necesitamos. Me parece que su imaginación comienza a trabajar. Mientras ha estado en trance hasta ahora, se ha limitado siempre a los hechos simples. Si esto puede continuar así, es posible que llegue a inducirnos a error. Si pensara que el poder del conde sobre ella desaparecerá al mismo tiempo que el poder de ella para conocerlo a él, me sentiría feliz, pero temo que no suceda eso. Cuando habló, sus palabras fueron enigmáticas:
-Algo está saliendo; siento que pasa a mi lado como un viento frío. Puedo oír, a lo lejos, sonidos confusos... Como de hombres que hablan en lenguas desconocidas; el agua que cae con fuerza y aullidos de lobos.
Hizo una pausa y la recorrió un estremecimiento, que aumentó de intensidad durante unos segundos, hasta que, finalmente, temblaba como en un ataque. No dijo nada más; ni siquiera en respuesta al interrogatorio imperioso del profesor.
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