Drácula (Abraham Stroker) - pág.369
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Puesto que ahora que cree que está libre de nosotros y que no ha dejado rastro y que ha logrado huir de nosotros, disponiendo de tantas horas de ventaja para poder hacerlo, su cerebro infantil lo hará dormir. Cree, asimismo, que al dejar de conocer su mente de usted, no puede usted tener ningún conocimiento de él; ¡ese es su error! Ese terrible bautismo de sangre que le infligió a usted la hace libre de ir hasta él en espíritu, como lo ha podido hacer usted siempre hasta ahora, en sus momentos de libertad, cuando el sol sale o se pone. En esos momentos, va usted por mi voluntad, no por la de él. Y ese poder, para bien tanto de usted como de tantos otros, lo ha adquirido usted por medio de sus sufrimientos en sus manos. Eso nos es tanto más precioso, cuanto que él mismo no tiene conocimiento
de ello, y, para guardarse él mismo, evita poder tener conocimiento de nuestras andanzas. Sin embargo, nosotros no somos egoístas, y creemos que Dios está con nosotros durante toda esta oscuridad y todas estas horas terribles. Debemos seguirlo, y no vamos a fallar; incluso si nos ponemos en peligro de volvernos como él. Amigo John, ésta ha sido una hora magnífica; y hemos ganado mucho terreno en nuestro caso. Debe usted hacerse escriba y ponerlo todo por escrito, para que cuando lleguen los demás
puedan leerlo y saber lo que nosotros sabemos.
Por consiguiente, he escrito todo esto mientras esperamos el regreso de nuestros amigos, y la señora Harker lo ha escrito todo con su máquina, desde que nos trajo los manuscritos.
XXVI.- DEL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD
29 de octubre. Esto lo escribo en el tren, de Varna a Galatz. Ayer, por la noche, todos nos reunimos poco antes de la puesta del sol. Cada uno de nosotros había hecho su trabajo tan bien como pudo; en cuanto al pensamiento, a la dedicación y a la oportunidad, estamos preparados para todo nuestro viaje y para nuestro trabajo cuando lleguemos a Galatz. Cuando llegó el momento habitual, la señora Harker se preparó para su esfuerzo hipnótico, y después de un esfuerzo más prolongado y serio
de parte de van Helsing de lo que era necesario usualmente, la dama entró en trance. De ordinario, la señora hablaba con una sola insinuación, pero esa vez, el profesor tenía que hacerle preguntas y hacérselas de manera muy firme, antes de que pudiéramos saber algo; finalmente, llegó su respuesta:
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