Drácula (Abraham Stroker) - pág.356
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Entonces, su esposo se volvió hacia ella, con rostro descompuesto y una palidez verdosa que se confundía con la blancura de su cabello, y preguntó:
-¿Debo hacerte yo también esa promesa, esposa mía?
-Tú también, amor mío -le respondió ella, con una lástima infinita reflejada en sus ojos y en su voz-. No debes vacilar. Tú eres el más cercano y querido del mundo para mí; nuestras almas están fundidas en una por toda la vida y todos los tiempos.
Piensa, querido, que ha habido épocas en las que hombres valerosos han matado a sus esposas y a sus hijas, para impedir que cayeran en manos de sus enemigos. Sus manos no temblaron en absoluto, debido a que aquellas a quienes amaban les pedían que acabaran con ellas. ¡Es el deber de los hombres para quienes aman, en tiempos semejantes de dura prueba! Y, amor mío, si la mano de alguien debe darme la muerte, deja que sea la mano de quien más me ama. Doctor van Helsing, no he olvidado la gracia que le hizo usted a la persona que más amaba, en el caso de la pobre Lucy -se detuvo, sonrojándose ligeramente, y cambió su frase-, al que más derecho tenía a darle la paz. Si se presenta otra vez una ocasión semejante cuento con usted para que establezca ese recuerdo en la vida de mi esposo, que sea su mano amorosa la que me libere de esa terrible maldición que pesa sobre mí.
-¡Lo juro nuevamente! -dijo el profesor, con voz resonante.
La señora Harker sonrió, verdaderamente sonrió, al tiempo que con un verdadero suspiro se echaba hacia atrás y decía:
-Ahora, quiero hacerles una advertencia; una advertencia que nunca puedan olvidar: esta vez, si se presenta, puede hacerlo con rapidez y de manera inesperada, y en ese caso, no deben perder tiempo en aprovechar esa oportunidad. En ese momento puedo estar yo misma..., mejor dicho, si llega ese momento, lo estaré... Aliada a nuestro enemigo, en contra de ustedes.
"Una petición más -se hizo muy solemne al decirlo-. No es nada vital ni necesario como la otra petición, pero deseo que hagan algo por mí, si así lo quieren."
Todos asentimos, pero nadie dijo nada; no había necesidad de hablar.
-Quiero que lean ustedes el Oficio de Difuntos.
Un fuerte gemido de su esposo la interrumpió; tomó su mano entre las suyas, se la llevó al corazón y continuó:
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