Drácula (Abraham Stroker) - pág.247
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La señora Harker sonrió dulcemente, al tiempo que respondía:
-¡Oh, no! Tengo ya un esposo, con el que estoy casada desde mucho antes de conocer siquiera al doctor Seward. Soy la señora Harker.
-Entonces, ¿qué está usted haciendo aquí?
-Mi esposo y yo hemos venido a visitar al doctor Seward.
-Entonces no se quede.
-Pero, ¿por qué no?
Pensé que aquel estilo de conversación no podía ser más agradable para la señora Harker que lo que lo era para mí. Por consiguiente, intervine:
-¿Cómo sabe usted que deseaba casarme?
Su respuesta fue profundamente desdeñosa y la dio en una pausa en que apartó sus ojos de la señora Harker y posó su mirada en mí, para volverla a fijar inmediatamente después en la dama.
-¡Qué pregunta tan estúpida!
-Yo no lo creo así en absoluto, señor Renfield -le dijo la señora Harker, defendiéndome.
Renfield le habló entonces con tanta cortesía y respeto como desdén había mostrado hacia mí unos instantes antes.
-Estoy seguro de que usted comprenderá, señora Harker, que cuando un hombre es tan querido y honrado como nuestro anfitrión, todo lo relativo a él resulta interesante en nuestra pequeña comunidad. El doctor Seward es querido no solamente por sus servidores y sus amigos, sino también por sus pacientes, que, puesto que muchos de ellos tienen cierto desequilibrio mental, están en condiciones de distorsionar ciertas causas y efectos. Puesto que yo mismo he sido un paciente de un asilo de alienados, no puedo dejar de notar que las tendencias mitómanas de algunos de los asilados conducen hacia errores de non causa e ignoratio elenchi.
Abrí mucho los ojos ante ese desarrollo completamente nuevo. Allí estaba el peor de todos mis
lunáticos, el más afirmado en su tipo que he encontrado en toda mi vida, hablando de filosofía elemental, con los modales de un caballero refinado. Me pregunté si sería la presencia de la señora Harker la que había tocado alguna cuerda en su memoria. Si aquella nueva fase era espontánea o debida a la influencia inconsciente de la señora, la dama debía poseer algún don o poder extraño.
Continuamos hablando, durante un rato y, viendo que en apariencia razonaba a la perfección, se aventuró, mirándome a mí interrogadoramente al principio, llevándolo hacia su tema favorito de conversación. Volví a asombrarme al ver que Renfield enfocaba la cuestión con la imparcialidad característica de una cordura absoluta; incluso se puso de ejemplo al mencionar ciertas cosas.
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