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Drácula (Abraham Stroker) - pág.246

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La señora Harker nos dio una taza de té, y puedo decir con toda sinceridad que, por primera vez desde que vivía allí, aquella vieja casona me pareció un hogar. Cuando terminamos, la señora Harker dijo:
-Doctor Seward, ¿puedo pedirle un favor? Deseo ver a su paciente, al señor Renfield. Déjeme verlo. Me interesa mucho lo que dice usted de él en su diario.
Parecía tan suplicante y tan bonita que no pude negárselo; por consiguiente, la llevé conmigo. Cuando entré en la habitación, le dije al hombre que había una dama a la que le gustaría verlo, a lo cual respondió simplemente:
-¿Por qué?
-Está visitando toda la casa y desea ver a todas las personas que hay en ella -le contesté.
-¡Ah, muy bien! -dijo-. Déjela entrar, sea como sea; pero espere un minuto, hasta que ponga
en orden el lugar.
Su método de ordenar la habitación era muy peculiar.
Simplemente se tragó todas las moscas y arañas que había en las cajas, antes de que pudiera
impedírselo. Era obvio que temía o estaba celoso de cualquier interferencia.
Cuando hubo concluido su desagradable tarea, dijo amablemente:
-Haga pasar a la dama.
Y se sentó sobre el borde de su cama con la cabeza inclinada hacia abajo; pero con los párpados
alzados, para poder ver a la dama en cuanto entrara en la habitación.
Por espacio de un momento estuve pensando que quizá tuviera intenciones homicidas.
Recordaba lo tranquilo que había estado poco antes de atacarme en mi propio estudio, y me
mantuve en un lugar tal que pudiera sujetarlo inmediatamente si intentaba saltar sobre ella.
La señora Harker entró en la habitación con una gracia natural que hubiera hecho que fuera respetada inmediatamente por cualquier lunático..., ya que la desenvoltura y la gracia son las cualidades que más respetan los locos. Se dirigió hacia él, sonriendo agradablemente, y le tendió la mano.
-Buenas tardes, señor Renfield -le dijo-. Como usted puede ver, lo conozco. El doctor Seward me ha hablado de usted.
El alienado no respondió enseguida, sino que la examinó con el ceño fruncido.
Su expresión cambió, su rostro reflejó el asombro y, luego, la duda; luego, con profunda sorpresa de mi parte, le oí decir:
-No es usted la mujer con la que el doctor deseaba casarse, ¿verdad? No puede usted serlo, puesto que está muerta.


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