Drácula (Abraham Stroker) - pág.240
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El hijo de Billington, un joven muy agradable, fue a la estación a recibirme y me condujo a casa de su padre, en donde habían decidido que debería pasar la noche. Eran hospitalarios, con la hospitalidad propia de Yorkshire: dando todo a los invitados y dejándolos en entera libertad para que hicieran lo que deseaban. Sabían que tenía mucho quehacer y que mi estancia iba a ser muy corta, y el señor Billington tenía preparados en su oficina todos los documentos relativos a la consignación de las cajas.
Me llevé una fuerte impresión al volver a ver una de las cartas que había visto sobre la mesa del conde, antes de tener conocimiento de sus planes diabólicos. Todo había sido pensado cuidadosamente y ejecutado sistemáticamente y con precisión. Parecía haber estado preparado para vencer cualquier obstáculo que pudiera surgir por accidente para impedir que se llevaran a cabo sus intenciones. No había dejado nada a la casualidad, y la absoluta exactitud con la que sus instrucciones fueron seguidas era simplemente un resultado lógico de su cuidado. Vi la factura y tomé nota de ella: "Cincuenta cajas de tierra común, para fines experimentales." También la copia de la carta dirigida a Carter Paterson y su respuesta; saqué copias de las dos. Esa era toda la información que podía facilitarme el señor Billington, de modo que me dirigí al puerto a ver a los guardacostas, a los oficiales de la aduana y al comandante de puerto. Todos ellos tenían algo que decir sobre la entrada extraña del barco, que ya comenzaba a tener su lugar en las tradiciones locales; pero no pudieron añadir nada a la simple descripción "cincuenta cajas de tierra común". A continuación fui a ver al jefe de estación, que me puso amablemente en contacto con los hombres que habían recibido en realidad las cajas. Su descripción coincidía con las listas y no tuvieron nada que añadir, excepto que las cajas eran "extraordinariamente pesadas" y que su embarque había sido un trabajo muy duro. Uno de ellos dijo que era una pena que no hubiera habido algún caballero presente "como usted, señor", para recompensar en cierto modo sus esfuerzos, con una
propina en metálico; otro expresó lo mismo, diciendo que el esfuerzo hecho les había producido una sed tan grande que todavía no habían logrado calmarla del todo. No es necesario añadir que, antes de dejarlos, me encargué de que no volvieran a tener que hacer ningún reproche al respecto.
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