Drácula (Abraham Stroker) - pág.226
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Era extraño el notar que, como de común acuerdo, nos habíamos ves tido todos de negro. Por supuesto, Arthur iba de negro debido a que llevaba luto riguroso; pero los demás nos vestimos así por instinto. Fuimos al cementerio de la iglesia hacia la una y media, y nos introdujimos en el camposanto, permaneciendo en donde no nos pudieran ver, de tal modo que, cuando los sepultureros hubieron concluido su trabajo, y el sacristán, creyendo que no quedaba nadie en el cementerio, cerró el portón, nos quedamos tranquilos en el interior. Van Helsing, en vez de su portafolios negro, llevaba una funda larga de cuero que parecía contener un bastón de criquet; era obvio que pesaba bastante.
Cuando nos encontramos solos, después de oír los últimos pasos perderse calle arriba, en silencio y como de común acuerdo, seguimos al profesor hacia la cripta. Van Helsing abrió la puerta y entramos, cerrando a nuestras espaldas. Entonces el anciano sacó la linterna, la encendió y también dos velas de cera que, dejando caer unas gotitas, colocó sobre otros féretros, de tal modo que difundían un resplandor que permitía trabajar. Cuando volvió a retirar la tapa del féretro de Lucy, todos miramos, Arthur temblando violentamente, y vimos el cadáver acostado, con toda su belleza póstuma.
Pero no sentía amor en absoluto, solamente repugnancia por el espantoso objeto que había tomado la forma de Lucy, sin su alma. Vi que incluso el rostro de Arthur se endurecía, al observar el cuerpo muerto. En aquel momento, le preguntó a van Helsing:
-¿Es realmente el cuerpo de Lucy, o solamente un demonio que ha tomado su forma?
-Es su cuerpo, y al mismo tiempo no lo es. Pero, espere un poco y volverá a verla como era y es.
El cadáver parecía Lucy vista en medio de una pesadilla, con sus colmillos afilados y la boca voluptuosa manchada de sangre, que lo hacía a uno estremecerse a su sola vista. Tenía un aspecto carnal y vulgar, que parecía una caricatura diabólica de la dulce pereza de Lucy. Van Helsing, con sus movimientos metódicos acostumbrados, comenzó a sacar todos los objetos que contenía la funda de cuero y fue colocándolos a su alrededor, preparados para ser utilizados. Primeramente, sacó un cautín de soldar y una barrita de estaño, y luego, una lamparita de aceite que, al ser encendida en un rincón de la cripta, dejó escapar un gas que ardía, produciendo un calor extremadamente fuerte; luego, sus bisturíes, que colocó cerca de su mano, y después una estaca redonda de madera, de unos seis u ocho centímetros de diámetro y unos noventa centímetros de longitud.
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