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Drácula (Abraham Stroker) - pág.223

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Página 223 de 408


Se produjo una pausa y, a continuación, un grito agudo, como de un niño en sueños o de un perro acostado cerca del fuego, durmiendo. Nos disponíamos a lanzarnos hacia adelante, pero el profesor levantó una mano, que vimos claramente contra el tejo que le servía de escondrijo, y nos quedamos inmóviles; luego, mientras permanecíamos expectantes, la blanca figura volvió a ponerse en movimiento. Se encontraba ya lo bastante cerca como para que pudiéramos verla claramente, y la luz de la luna daba todavía de lleno sobre ella. Sentí que el corazón se me helaba, y logré oír la exclamación y el sobresalto de Arthur cuando reconocimos claramente las facciones de Lucy Westenra. Era ella. Pero, ¡cómo había cambiado! Su dulzura se había convertido en una crueldad terrible e inhumana, y su pureza en una perversidad voluptuosa. Van Helsing abandonó su escondite y, siguiendo su ejemplo, todos nosotros avanzamos; los cuatro nos encontramos alineados delante de la puerta de la cripta. Van Helsing alzó la linterna y accionó el interruptor, y gracias a la débil luz que cayó sobre el rostro de Lucy, pudimos ver que sus labios estaban rojos, llenos de sangre fresca, y que había resbalado un chorro del líquido por el mentón, manchando la blancura inmaculada de su mortaja.
Nos estremecimos, horrorizados, y me di cuenta, por el temblor convulsivo de la luz, de que incluso los nervios de acero de van Helsing habían flaqueado. Arthur estaba a mi lado, y si no lo hubiera tomado del brazo, para sostenerlo, se hubiera desplomado al suelo.
Cuando Lucy... (llamo Lucy a la cosa que teníamos frente a nosotros, debido a que conservaba su forma) nos vio, retrocedió con un gruñido de rabia, como el de un gato cuando es sorprendido; luego, sus ojos se posaron en nosotros. Eran los ojos de Lucy en forma y color; pero los ojos de Lucy perversos y llenos de fuego infernal, que no los ojos dulces y amables que habíamos conocido. En esos momentos, lo que me quedaba de amor por ella se convirtió en odio y repugnancia; si fuera preciso matarla, lo habría hecho en aquel preciso momento, con un deleite inimaginable. Al mirar, sus ojos brillaban con un resplandor demoníaco, y el rostro se arrugó en una sonrisa voluptuosa.
¡Oh, Dios mío, como me estremecí al ver aquella sonrisa! Con un movimiento descuidado, como una diablesa llena de perversidad, arrojó al suelo al niño que hasta entonces había tenido en los brazos y permaneció gruñendo sobre la criatura, como un perro hambriento al lado de un hueso.


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