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Drácula (Abraham Stroker) - pág.221

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Estuve esperando aquí durante toda la noche, hasta que volvió a salir el sol; pero no vi nada. Quizá se deba a que puse en los huecos de todas esas puertas ajos, que los "no muertos" no pueden soportar, y otras cosas que procuran evitar. Esta mañana quité el ajo y lo demás. Y ahora hemos encontrado este féretro vacío. Pero créanme: hasta ahora hay ya muchas cosas que parecen extrañas; sin embargo, permanezcan conmigo afuera, esperando, sin hacer ruido ni dejarnos ver, y se producirán cosas todavía más extrañas. Por consiguiente -dijo, apagando el débil rayo de luz de la linterna-, salgamos.
Abrió la puerta y salimos todos apresuradamente; el profesor salió al último y, una vez fuera, cerró la puerta. ¡Oh! ¡Qué fresco y puro nos pareció el aire de la noche después de aquellos horribles momentos! Resultaba muy agradable ver las nubes que se desplazaban por el firmamento y la luz de la luna que se filtraba de vez en cuando entre jirones de nubes..., como la alegría y la tristeza de la vida de un hombre. ¡Qué agradable era respirar el aire puro que no tenía aquel desagradable olor de muerte y descomposición! ¡Qué tranquilizador poder ver el resplandor rojizo del cielo, detrás de la colina, y oír a lo lejos el ruido sordo que denuncia la vida de una gran ciudad! Todos, cada quien a su modo, permanecimos graves y llenos de solemnidad. Arthur guardaba todavía obstinado silencio y, según pude colegir, se estaba esforzando por llegar a comprender cuál era el propósito y el significado profundo del misterio. Yo mismo me sentía bastante tranquilo y paciente, e inclinado a rechazar mis dudas y a aceptar las conclusiones de van Helsing. Quincey Morris permanecía flemático, del modo que lo es un hombre que lo acepta todo con sangre fría, exponiéndose valerosamente a todo cuanto pueda suceder.
Como no podía fumar, tomó un puñado bastante voluminoso de tabaco y comenzó a masticarlo. En cuanto a van Helsing, estaba ocupado en algo específico. Sacó de su maletín un objeto que parecía ser un bizcocho semejante a una oblea y que estaba envuelto cuidadosamente en una servilleta blanca; a continuación, saco un buen puñado de una sustancia blancuzca, como masa o pasta. Partió la oblea, desmenuzándola cuidadosamente, y lo revolvió todo con la masa que tenía en las manos. A continuación, cortó estrechas tiras del producto y se dio a la tarea de colocar en todas las grietas y aberturas que separaban la puerta de la pared de la cripta.


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