Drácula (Abraham Stroker) - pág.217
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-Me parece muy leal su proceder -interrumpió Quincey -. Respondo por el profesor. No tengo ni la menor idea de cuáles sean sus intenciones; pero les aseguro que es un caballero honrado, y eso basta para mí.
-Muchas gracias, señor -dijo van Helsing con orgullo-. Me he honrado considerándolo a usted un amigo de confianza, y su apoyo me es muy grato.
Extendió una mano, que Quincey aceptó.
Entonces, Arthur tomó la palabra:
-Doctor van Helsing, no me agrada "comprar un cerdo en un saco sin verlo antes", como dicen en Escocia, y si hay algo en lo que mi honor de caballero o mi fe como cristiano puedan verse comprometidos, no puedo hacer esa promesa. Si puede usted asegurarme que esos altos valores no están en peligro de violación, le daré mi consentimiento sin vacilar un momento; aunque le aseguro que no comprendo qué se propone.
-Acepto sus condiciones -dijo van Helsing-, y lo único que le pido es que si considera necesario condenar alguno de mis actos, reflexione cuidadosamente en ello, para asegurarse de que no se hayan violado sus principios morales.
-¡De acuerdo! -dijo Arthur-. Me parece muy justo. Y ahora que ya hemos terminado las negociaciones, ¿puedo preguntar qué tenemos que hacer?
-Deseo que vengan ustedes conmigo en secreto, al cementerio de la iglesia de Kingstead.
El rostro de Arthur se ensombreció, al tiempo que decía, con tono que denotaba claramente su desconcierto:
-¿En donde está enterrada la pobre Lucy?
El profesor asintió con la cabeza, y Arthur continuó:
-¿Y una vez allí...?
-¡Entraremos en la tumba!
Arthur se puso en pie.
-Profesor, ¿está usted hablando en serio, o se trata de alguna broma monstruosa? Excúseme, ya veo que lo dice en serio.
Volvió a sentarse, pero vi que permanecía en una postura rígida y llena de altivez, como alguien que desea mostrarse digno. Reinó el silencio, hasta que volvió a preguntar:
-¿Y una vez en la tumba?
-Abriremos el ataúd.
-¡Eso es demasiado! -exclamó, poniéndose en pie lleno de ira-. Estoy dispuesto a ser paciente en todo cuanto sea razonable; pero, en este caso..., la profanación de una tumba... de la que...
Perdió la voz, presa de indignación. El profesor lo miró tristemente.
-Si pudiera evitarle a usted un dolor semejante, amigo mío -dijo-, Dios sabe que lo haría; pero esta noche nuestros pies hollarán las espinas; o de lo contrario, más tarde y para siempre, ¡los pies que usted ama hollarán las llamas!
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