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Drácula (Abraham Stroker) - pág.210

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Fue una guardia muy solitaria. Al poco rato de estar en mi lugar escuché un reloj distante que daba las doce, y a su debido tiempo dio la una y las dos. Yo estaba tiritando de frío, muy nervioso, y enojado con el profesor por llevarme a semejante tarea y conmigo mismo por haber acudido. Estaba demasiado frío y demasiado adormilado para mantener una aguda observación, pero no estaba lo suficientemente adormilado como para traicionar la confianza del maestro; en resumen, pasé un largo
rato muy desagradable.
Repentinamente, al darme vuelta, pensé ver una franja blanca moviéndose entre dos oscuros árboles de tejo, en el extremo más lejano de la tumba al otro lado del cementerio; al mismo tiempo, una masa oscura se movió del lado del profesor y se apresuró hacia ella. Luego yo también caminé: pero tuve que dar un rodeo por unas lápidas y unas tumbas cercadas, y tropecé con unas sepulturas. El cielo estaba nublado, y en algún lugar lejano un gallo tempranero lanzó su canto. Un poco más allí, detrás de una línea de árboles de enebros, que marcaban el sendero hacia la iglesia, una tenue y blanca figura se apresuraba en dirección a la tumba. La propia tumba estaba escondida entre los árboles, y no pude ver donde desapareció la figura. Escuché el crujido de unos pasos sobre las hojas en el mismo lugar donde había visto anteriormente a la figura blanca, y al llegar allí encontré al profesor sosteniendo en sus brazos a un niño tierno.
Cuando me vio lo puso ante mí, y me dijo:
-¿Está usted satisfec ho ahora?
-No -dije yo en una manera que sentí que era agresiva.
-¿No ve usted al niño?
-Sí; es un niño, pero, ¿quién lo trajo aquí? ¿Está herido?
-Veremos -dijo el profesor, y movidos por el mismo impulso buscamos la salida del cementerio, llevando con nosotros al niño dormido.
Cuando nos hubimos alejado un pequeño trecho, nos recogimos tras un macizo de árboles, encendimos un fósforo y miramos la garganta del niño. No tenía ni un arañazo ni cicatriz alguna.
-¿Tenía yo razón? -pregunté triunfalmente.
-Llegamos apenas a tiempo -dijo el profesor, como meditando.
Ahora teníamos que decidir qué íbamos a hacer con el niño, por lo que consultamos acerca de él. Si lo llevábamos a una estación de policía tendríamos que dar declaración de nuestro movimiento durante la noche; por lo menos, tendríamos que declarar de alguna manera como habíamos encontrado al niño.


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