Drácula (Abraham Stroker) - pág.179
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En tales casos, los hombres no necesitan mucha ex presión. Un apretón de manos, o palmadas sobre los hombros, un sollozo al unísono, son expresiones agradables para el corazón del hombre. Yo permanecí quieto y en silencio hasta que dejó de sollozar, y luego le dije suavemente:
-Ven y mírala.
Juntos caminamos hacia la cama, y yo retiré el sudario de su cara. ¡Dios! Qué bella estaba. Cada hora parecía ir acrecentando su hermosura. En alguna forma aquello me asombró y me asustó; y en cuanto a Arthur, él cayó temblando, y finalmente fue sacudido con la duda como si fuese un escalofrío. Después de una larga pausa, me dijo, exhalando un suspiro muy débil:
-Jack, ¿está realmente muerta?
Yo le aseguré con tristeza que así era, y luego le sugerí (pues sentí que una duda tan terrible no debía vivir ni un instante más del que yo pudiera permitirlo) que sucedía frecuentemente que después de la muerte los rostros se suavizaban y aun recobraban su belleza juvenil; esto era especialmente así cuando a la muerte le había precedido cualquier sufrimiento agudo o prolongado. Pareció que mis palabras desvanecían cualquier duda, y después de arrodillarse un rato al lado de la cama y mirarla a ella larga y amorosamente, se alejó. Le dije que ese tenía que ser el adiós, ya que el féretro tenía que ser preparado, por lo que regresó y tomó su mano muerta en la de él, la besó, y se inclinó y besó su frente. Luego se retiró, mirando amorosamente sobre su hombro hacia ella a medida que se alejaba.
Lo dejé en la sala y le conté a van Helsing que Arthur ya se había despedido de su amada; por lo que fue a la cocina a decir a los empleados del empresario de pompas fúnebres que continuaran los preparativos y atornillaran el féretro. Cuando salió otra vez del cuarto, le referí la pregunta de Arthur, y él replicó:
-No me sorprende. ¡Precisamente hace un momento yo dudaba de lo mismo!
Cenamos todos juntos, y pude ver como el pobre Art trataba de hacer las cosas lo mejor posible. Van Helsing guardó silencio durante todo el tiempo de la cena, pero cuando encendimos nuestros cigarrillos, dijo:
-Lord...
Mas Arthur lo interrumpió:
-No, no, eso no, ¡por amor de Dios! De todas maneras, todavía no.
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