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Drácula (Abraham Stroker) - pág.174

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-¿Puedo ayudarle, amigo John? Estoy libre, y si me lo permite colaboraré con usted.
-¿Encontró lo que buscaba? -le pregunté, a lo cual él respondió:
-No busqué ninguna cosa específica. Sólo esperaba encontrar, y he encontrado algunas cartas y unas cuantas notas, y un diario recientemente comenzado. Pero los tengo aquí, y por el momento no diremos nada de ellos. Yo veré al pobre muchacho mañana por la noche, y, con su anuencia, utilizaré estos documentos.
Cuando terminamos el trabajo que teníamos entre manos, me dijo:
-Y ahora, amigo John, creo que podemos ir a la cama. Queremos dormir, tanto usted como yo, y descansar para recuperarnos. Mañana tendremos ambos mucho que hacer, pero por la noche de hoy no hay necesidad de nosotros.
Antes de retirarnos fuimos a ver a la pobre Lucy. El empresario de pompas fúnebres había hecho un trabajo indudablemente bueno, pues el cuarto se había transformado en una pequeña chapelle ardente. Había una multitud de bellas flores blancas, y la muerte había sido hecha lo menos repulsiva posible. El extremo del sudario estaba colocado sobre su cara; cuando el profesor se inclinó y lo retiró suavemente hacia atrás, ambos nos sorprendimos de la belleza que estaba ante nosotros, dando los
altos cirios de cera suficiente luz para que la notáramos. Toda la hermosura de Lucy había regresado a ella en la muerte, y las horas que habían transcurrido, en lugar de dejar trazos de los "aniquiladores de la muerte" habían restaurado la belleza de la vida, de tal manera que positivamente no daba crédito a mis ojos de estar mirando un cadáver.
El profesor miró con grave seriedad. No la había amado como yo, y por ello no había necesidad de lágrimas en sus ojos. Me dijo: "Permanezca aquí hasta que regrese", y salió del cuarto. Volvió con un puñado de ajo silvestre de la caja que estaba en el corredor pero que aún no había sido abierta, y colocó las flores entre las otras, encima y alrededor de la cama. Luego, tomó de su cuello, debajo de su camisa, un pequeño crucifijo de oro, y lo colocó sobre la boca de la muerta. Regresó la sábana a su lugar y salimos de la habitación.
Me estaba desvistiendo en mi propio cuarto cuando, con unos golpecitos de advertencia, entró, y de inmediato comenzó a hablar:
-Mañana quiero que usted me traiga, antes del anochecer, un juego de bisturíes de disección.


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