Drácula (Abraham Stroker) - pág.170
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Ciertamente era muy raro que cuando quiera que ella entrara a ese estado letárgico, con respiración estertórea, tratara de quitarse las flores, pero que al despertar las sujetara. No había ninguna posibilidad de cometer
un error acerca de esto, pues en las largas horas que siguieron tuvo muchos períodos de sueño y vigilia, y repitió ambas acciones muchas veces.
A las seis de la mañana, van Helsing llegó a relevarme. Arthur había caído en un sopor, y bondadosamente él le permitió que siguiera durmiendo. Cuando vio el rostro de Lucy pude escuchar la siseante aspiración de su boca, y me dijo en un susurro agudo:
-Suba la celosía; ¡quiero luz!
Luego se inclinó y, con su rostro casi tocando el de Lucy, la examinó cuidadosamente. Quitó las flores y luego retiró el pañuelo de seda de su garganta. Al hacerlo retrocedió, y yo pude escuchar su exclamación: "¡Mein Gott!…" , que se quedó a media garganta. Yo me incliné y miré también, y cuando lo hice, un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo.
Las heridas en la garganta habían desaparecido por completo.
Durante casi cinco minutos van Helsing la estuvo mirando, con el rostro serio y crispado como nunca. Luego se vol vió hacia mí y me dijo calmadamente:
-Se está muriendo. Ya no le quedará mucho tiempo. Habrá mucha diferencia, créamelo, si muere consciente o si muere mientras duerme. Despierte al pobre muchacho y déjelo que venga y vea lo último; él confía en nosotros, y se lo habíamos prometido.
Bajé al comedor y lo desperté. Estuvo aturdido por un momento, pero cuando vio la luz del sol entrando a través de las rendijas de las persianas pensó que ya era tarde, y me expresó su temor. Yo le aseguré que Lucy todavía dormía, pero le dije tan suavemente como pude que tanto van Helsing como yo temíamos que el fin estaba cerca. Se cubrió el rostro con las manos y se deslizó sobre sus rodillas al lado del sofá, donde permaneció, quizá un minuto, con la cabeza agachada, rezando, mientras sus hombros se agitaban con el pesar. Yo lo tomé de la mano y lo levanté.
-Ven -le dije, mi querido viejo amigo; reúne toda tu fortaleza: será lo mejor y lo más fácil para ella. Cuando llegamos al cuarto de Lucy pude ver que van Helsing, con su habitual previsión, había estado poniendo todas las cosas en su sitio y haciendo que todo estuviera tan agradable como fuera posible.
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