Drácula (Abraham Stroker) - pág.162
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Un hombre mismo no podría soportarlo mucho tiempo -añadió, y luego, acercándoseme, habló en una especie de airado susurro-: ¿Qué se la sacó?
Yo moví la cabeza negativamente.
-He ahí el problema. Van Helsing simplemente se pone frenético acerca de ello, y yo estoy a punto de devanarme los sesos. Ya no puedo ni aventurar una adivinanza. Ha habido una serie de pequeñas circunstancias que han echado por tierra todos nuestros cálculos para que Lucy sea vigilada adecuadamente. Pero esto no ocurrirá otra vez. Nos quedaremos aquí hasta que todo esté bien... o mal.
Quincey extendió su mano.
-Cuenten conmigo -dijo-. Tú y el holandés sólo tienen que decirme lo que haga, y yo lo haré.
Cuando Lucy despertó por la tarde, su primer movimiento fue de palparse el pecho, y, para mi sorpresa, extrajo de él el papel que van Helsing me había dado a leer.
El cuidadoso profesor lo había colocado otra vez en su sitio, para evitar que al despertarse ella pudiera sentirse alarmada. Sus ojos se dirigieron a van Helsing y a mí y se alegraron. Entonces miró alrededor del cuarto y, viendo donde se encontraba, tembló; dio un grito agudo y puso sus pobres y delgadas manos sobre su pálido rostro. Ambos entendimos lo que significaba (se había dado plena cuenta de la muerte de su madre), por lo que tratamos de consolarla. No cabe la menor duda de que nuestra conmiseración la tranquilizó un poco, pero de todas maneras siguió muy desalentada y se quedó sollozando silenciosa y débilmente durante largo tiempo. Le dijimos que cualquiera de nosotros dos, o ambos, permaneceríamos con ella todo el tiempo, y eso pareció consolarla un poco. Hacia el atardecer cayó en una especie de aturdimiento. Entonces ocurrió algo muy extraño. Mientras todavía dormía sacó el papel de su pecho y lo rompió en dos pedazos. Van Helsing se adelantó y le quitó los pedazos de las manos.
De todas maneras, ella siguió con la intención de romper, como si todavía tuviese el material en los dedos; finalmente levantó las manos y las abrió, como si esparciera los fragmentos. Van Helsing pareció sorprendido y sus cejas se unieron como si pensara, pero no dijo nada.
19 de septiembre. Toda la noche pasada durmió precariamente, sintiendo siempre miedo de
dormirse y aparentando estar un poco más débil cada vez que despertaba.
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