Drácula (Abraham Stroker) - pág.157
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La cuarta sólo era una jovencita y el narcótico la había afectado evidentemente con más fuerza, por lo que la levanté hasta el sofá y la dejé dormir. Las otras estaban en un principio aturdidas, pero al comenzar a recordar lo sucedido sollozaron en forma histérica. Sin embargo, yo fui riguroso con ellas y no les permití hablar. Les dije que perder una vida era suficientemente doloroso, y que si se tardaban mucho iban a sacrificar también a la señorita Lucy. Así es que, sollozando, comenzaron a hacer los arreglos, a medio vestir como estaban, y prepararon el fuego y el agua.
Afortunadamente, el fuego de la cocina y del calentador todavía funcionaba, por lo que no hacía falta el agua caliente. Arreglamos el baño y llevamos a Lucy tal como estaba a la bañera. Mientras estábamos ocupados frotando sus miembros alguien llamó a la puerta del corredor. Una de las criadas corrió, se echo encima apresuradamente alguna ropa más, y abrió la puerta. Luego regresó y nos susurró que era un caballero que había llegado con un mensaje del señor Holmwood. Le supliqué simplemente que le dijera que debía esperar, pues de momento no podíamos ver a nadie. Ella salió con el recado, y embebidos en nuestro trabajo, olvidé por completo la presencia de aquel hombre.
En toda mi experiencia nunca vi trabajar a mi maestro con una seriedad tan solemne. Yo sabía,
como lo sabía él, que se trataba de una lucha desesperada contra la muerte, y en una pausa se lo dije. Me respondió de una manera que no pude comprender, pero con la mirada más seria que podía reflejar su rostro:
-Si eso fuera todo, yo pararía aquí mismo donde estamos ahora y la dejaría desvanecerse en paz, pues no veo ninguna luz en el horizonte de su vida.
Continuó su trabajo con un vigor, si es posible, renovado y más frenético.
Al cabo de un rato ambos comenzamos a ser conscientes de que el calor estaba comenzando a tener algún efecto. El corazón de Lucy latió un poco más audiblemente al estetoscopio, y sus pulmones tuvieron un movimiento perceptible. La cara de van Helsing casi irradió cuando la levantamos del baño y la enrollamos en una sábana caliente para secarla. Me dijo:
-¡La primera victoria es nuestra! ¡Jaque al rey!
Llevamos a Lucy a otra habitación, que para entonces ya había sido preparada, y la metimos en cama y la obligamos a que bebiera unas cuantas gotas de brandy.
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