Drácula (Abraham Stroker) - pág.155
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Hasta aquí yo había culpado sólo a las sirvientas, pero ahora me comenzó a asaltar un terrible miedo. ¿Era esta desolación otro enlace en la cadena de infortunios que parecía estar cercándonos? ¿Sería acaso a una mansión de la
muerte a la que habría llegado, demasiado tarde? Yo sé que minutos, o incluso segundos de tardanza pueden significar horas de peligro para Lucy, si ella hubiese tenido otra vez una de esas terribles recaídas; y fui alrededor de la casa para ver si podía encontrar por casualidad alguna otra entrada.
No pude encontrar ningún medio de entrar. Cada ventana y puert a tenía echado el cerrojo y estaba cerrada con llave, por lo que regresé desconcertado al pórtico. Al hacerlo, escuché el rápido golpeteo de las patas de un caballo que se acercaba velozmente, y que se detenía ante el portón. Unos segundos después encontré a van Helsing que corría por la avenida. Cuando me vio, alcanzó a murmurar:
-Entonces era usted quien acaba de llegar. ¿Cómo está ella? ¿Llegamos demasiado tarde? ¿No recibió usted mi telegrama?
Le respondí tan veloz y coherentemente como pude, advirtiénd ole que su telegrama no lo había recibido hasta temprano por la mañana, que no había perdido ni un minuto en llegar hasta allí, y que no
había podido hacer que nadie en la casa me oyera. Hizo una pausa y se levantó el sombrero, diciendo solemnemente:
-Entonces temo que hayamos llegado demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad de Dios! - pero luego continuó, recuperando su habitual energía-: Venga. Si no hay ninguna puerta abierta para entrar, debemos hacerla. Creo que ahora tenemos tiempo de sobra.
Dimos un rodeo y fuimos a la parte posterior de la casa, donde estaba abierta una ventana de la cocina. El profesor sacó una pequeña sierra quirúrgica de su maletín, y entregándomela señaló hacia los barrotes de hierro que guardaban la ventana. Yo los ataqué de inmediato y muy pronto corté tres. Entonces, con un cuchillo largo y delgado empujamos hacia atrás el cerrojo de las guillotinas y abrimos la ventana. Le ayudé al profesor a entrar, y luego lo seguí. No había nadie en la cocina ni en los cuartos de servicio, que estaban muy cerca. Pulsamos la perilla de todos los cuartos a medida que caminamos, y en el comedor, tenuemente iluminado por los rayos de luz que pasaban a través de las persianas, encontramos a las cuatro sirvientas yaciendo en el suelo.
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