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Drácula (Abraham Stroker) - pág.154

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Estaban tan asustadas y nerviosas que les ordené fueran al comedor a tomar cada una un
vaso de vino. La puerta se abrió de golpe unos instantes y luego se cerró otra vez. Las sirvientas gritaron horrorizadas, y luego se fueron en grupo compacto al comedor, y yo puse las flores que había tenido alrededor de mi cuello sobre el pecho de mi querida madre. Cuando ya estaban allí recordé lo que me había dicho el doctor van Helsing, pero no quise retirarlas, y, además, alguna de las sirvientas podría sentarse conmigo ahora. Me sorprendió que las criadas no regresaran. Las llamé, pero no obtuve respuesta, por lo que bajé al comedor a buscarlas.
Mi corazón se encogió cuando vi lo que había sucedido. Las cuatro yacían indefensas en el suelo, respirando pesadamente. La garrafa del jerez estaba sobre la mesa medio llena, pero había alrededor un raro olor acre. Tuve mis sospechas y examiné la garrafa. Olía a láudano, y mirando en la alacena encontré que la botella que el doctor de mi madre usa para ella (¡oh, usaba!) estaba vacía. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? Estoy de regreso en el cuarto, con mamá. No puedo abandonarla, y estoy sola, salvo por las sirvientas dormidas, que alguien ha narcotizado. ¡Sola con la muerte! No me
atrevo a salir, pues oigo el leve aullido del lobo a través de la rota ventana. El aire parece lleno de manchas, flotando y girando en la corriente de la ventana, y las luces destellan azules y tenues. ¿Qué debo hacer? ¡Dios me proteja de cualquier mal esta noche! Esconderé este papel en mi seno, donde lo encontrarán cuando vengan a amortajarme. ¡Mi querida madre se ha ido! Ya es tiempo de que yo también me vaya.
Adiós, querido Arthur, si no logro sobrevivir esta noche. Que Dios te proteja, querido, ¡y que Dios me ayude!.


XII.- DEL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD
18 de septiembre. Me dirigí de inmediato a Hillingham, y llegué temprano. Dejando mi calesa en el portón, corrí por la avenida solo. Toqué suavemente el timbre, lo más delicadamente posible, pues temía perturbar a Lucy o a su madre, y esperaba que me abriera la puerta sólo una sirvienta. Después de un rato, no encontrando respuesta, toqué otra vez; tampoco me respondieron. Maldije la haraganería de las sirvientas que todavía estuvieran en cama a esa hora, ya que eran las diez de la mañana, por lo que toqué otra vez, pero más impacientemente, sin obtener tampoco respuesta.


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