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Drácula (Abraham Stroker) - pág.150

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pensaron nada más del lobo de lo que yo pensaría de un perro. El animal mismo era tan pacífico como el padre de todos esos cuentos de lobos, el amigo de otros tiempos de Caperucita Roja, mientras está disfrazado tratando de ganarse su confianza.
Toda la escena fue una complicada mezcla de comedia y tragedia. El maligno lobo que durante un día y medio había paralizado a Londres y había hecho que todos los niños del pueblo temblaran en sus zapatos, estaba allí con mirada penitente, y estaba siendo recibido y acariciado como una especie de hijo pródigo vulpino. El viejo Bilder lo examinó por todos lados con la más tierna atención, y cuando hubo terminado el examen del penitente, dijo:
-¡Vaya, ya sabía que el pobre animal se iba a meter en alguna clase de lío! ¿No lo dije siempre? Aquí está su cabeza toda cortada y llena de vidrio quebrado. Seguramente que quiso saltar sobre algún muro u otra cosa. Es una vergüenza que se permita a la gente que ponga pedazos de botellas en la parte superior de sus paredes. Estos son los resultados. Ven conmigo, Bersicker.
Se llevó al lobo y lo encerró en una jaula con un pedazo de carne que satisfacía, por lo menos en lo relativo a la cantidad, las condiciones elementales de un ternero gordo, y luego se fue a hacer el informe.
Yo también me marché a hacer el informe de la única y exclusiva información que se da hoy referente a la extraña escapada del zoológico.

Del diario del doctor Seward
17 de septiembre. Estaba ocupado, después de cenar, en mi estudio fechando mis libros, los cuales, debido a la urgencia de otros trabajos y a las muchas visitas a Lucy, se encontraban tristemente atrasados. De pronto, la puerta se abrió de golpe y mi paciente entró como un torbellino, con el rostro deformado por la ansiedad. Yo me sobresalté, pues es una cosa casi desconocida que un paciente entre de esa manera y por su propia cuenta en el despacho del superintendente. Sin hacer ninguna pausa se dirigió directamente hacia mí. En su mano había un cuchillo de cocina, y como vi que era peligroso, traté de mantener la mesa entre nosotros. Sin embargo, fue demasiado rápido y demasiado fuerte para mí; antes de que yo pudiera alcanzar mi equilibrio me había lanzado el primer golpe, cortándome bastante profundamente la muñeca izquierda.


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