Drácula (Abraham Stroker) - pág.143
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Pues conocía su estado y el mal que le produciría una impresión; de hecho, llegó hasta a sonreírse y le sostuvo la puerta abierta para que ella entrara en su cuarto. Pero en el instante en que ella desapareció me dio un tirón repentino y fuerte, llevándome al comedor y cerrando la puerta tras él.
Allí, por primera vez en mi vida, vi a van Helsing abatido. Se llevó las manos a la cabeza en una especie de muda desesperación, y luego se dio puñetazos en las palmas de manera impotente; por último, se sentó en una silla, y cubriéndose el rostro con las manos comenzó a sollozar, con sollozos ruidosos, secos, que parecían salir de su mismo corazón roto. Luego alzó las manos otra vez, como si implorara a todo el universo.
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! -dijo-. ¿Qué hemos hecho, qué ha hecho esta pobre criatura, que nos ha causado tanta pena? ¿Hay entre nosotros todavía un destino, heredado del antiguo mundo pagano, por el que tienen que suceder tales cosas, y en tal forma? Esta pobre madre, ignorante, y según ella haciendo todo lo mejor, hace algo como para perder el cuerpo y el alma de su hija; y no podemos decirle, no podemos siquiera advertirle, o ella muere, y entonces mueren ambas. ¡Oh, cómo estamos acosados! ¡Cómo están todos los poderes de los demonios contra nosotros! -añadió, pero repentinamente saltó-. Venga -dijo-, venga; debemos ver y actuar. Demonios o no demonios, o todos los demonios de una vez, no importa: nosotros luchamos con él, o ellos y por todos.
Salió otra vez a la puerta del corredor con su maletín, y juntos subimos al cuarto de Lucy. Una vez más yo subí la celosía, mientras van Helsing fue hacia su cama. Esta vez él no retrocedió espantado al mirar el pobre rostro con la misma palidez de cera, terrible, como antes. Sólo puso una mirada de rígida tristeza e infinita piedad.
-Tal como lo esperaba -murmuró, con esa siseant e aspiración que significaba tanto.
Sin decir una palabra más fue y cerró la puerta con llave, y luego comenzó a poner sobre la mesa los instrumentos para hacer otra transfusión de sangre. Yo había reconocido su necesidad de inmediato y comencé a quitarme la chaqueta, pero él me detuvo con una advertencia de la mano.
-No -dijo-. Hoy debe usted efectuar la operación.
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