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Drácula (Abraham Stroker) - pág.137

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No hay aquí ningún joven Arthur ahora; esta vez tengo que pedirle a usted mismo que done su sangre, amigo John.
Y a medida que hablaba, metía la mano en el maletín y sacaba los instrumentos para la transfusión; yo me quité la chaqueta y enrollé la manga de mi camisa. En tal situación no había posibilidad de usar un soporífero, pero además no había necesidad de él; y así, sin perder un momento, comenzamos la transfusión. Después de cierto tiempo (tampoco pareció ser tan corto, pues el fluir de la propia sangre no importa con qué alegría se vea, es una sensación terrible), van Helsing levantó un dedo en advertencia:
-No se mueva -me dijo-, pues temo que al recobrar las fuerzas ella despierte; y eso sería muy, muy peligroso. Pero tendré precaución. Le aplicaré una inyección hipodérmica de morfina.
Entonces procedió, veloz y seguramente, a efectuar su proyecto. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció transformarse sutilmente en un sueño narcótico. Fue con un sentimi ento de orgullo personal como pude ver un débil matiz de color regresar lentamente a sus pálidas mejillas y labios. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir que su propia sangre se transfiere a las venas de la mujer que ama.
El profesor me miraba críticamente.
-Eso es suficiente -dijo.
-¿Ya? -protesté yo-. Tomó usted bastante más de Art.
A lo cual él sonrió con una especie de sonrisa triste, y me respondió:
-Él es su novio, su fiancé. Usted tiene trabajo, mucho trabajo que hacer por ella y por otros; y con lo que hemos puesto es suficiente.
Cuando detuvimos la operación, él atendió a Lucy mientras yo aplicaba presión digital a mi propia herida. Me acosté, mientras esperaba a que tuviera tiempo de atenderme, pues me sentí débil y un poco mareado. Al cabo de un tiempo me vendó la herida y me envió abajo para que bebiera un vaso de vino. Cuando estaba saliendo del cuarto, vino detrás de mí y me susurró:
-Recuerde: nada debe decir de esto. Si nuestro joven enamorado aparece inesperadamente, como la otra vez, ninguna palabra a él. Por un lado lo asustaría, y además de eso lo pondría celoso. No debe haber nada de eso, ¿verdad?
Cuando regresé, me examinó detenidamente, y dijo:
-No está usted mucho peor.


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