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Drácula (Abraham Stroker) - pág.136

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Yo sé donde están mis pensamientos. ¡Si Arthur lo supiese! Querido mío, tus oídos deben zumbar mientras duermes, tal como me zumban los míos al caminar. ¡Oh, el maravilloso descanso de anoche! Cómo dormí, con el
querido, buen doctor Seward vigilándome. Y hoy por la noche no tendré miedo de dormir, ya que está muy cerca y puedo llamarlo. ¡Gracias a todos por ser tan buenos conmigo! ¡Gracias a Dios! Buenas noches, Arthur.

Del diario del doctor Seward
10 de septiembre. Fui consciente de la mano del profesor sobre mi cabeza, y me desperté de golpe en un segundo. Esa es una de las cosas que por lo menos aprendemos en un asilo.
-¿Y cómo está nuestra paciente?
-Bien, cuando la dejé, o mejor dicho, cuando ella me dejó a mí -le respondí.
-Venga, veamos -dijo él, y juntos entramos al cuarto contiguo.
La celosía estaba bajada, y yo la subí con mucho cuidado mientras van Helsing avanzó, con su pisada blanda, felina, hacia la cama.
Cuando subí la celosía y la luz de la mañana inundó el cuarto, oí el leve siseo de aspiración del profesor, y conociendo su rareza, un miedo mortal me heló la sangre. Al acercarme yo él retrocedió, y su exclamación de horror, "¡Gott in Himmel!" ,no necesitaba el refuerzo de su cara doliente. Alzó la mano y señaló en dirección a la cama, y su rostro de hierro estaba fruncido y blanco como la ceniza. Sentí que mis rodillas comenzaron a temblar.
Ahí sobre la cama, en un aparente desmayo, yacía la pobre Lucy, más terriblemente blanca y pálida que nunca. Hasta los labios estaban blancos, y las encías parecían haberse encogido detrás de los dientes, como algunas veces vemos en los cuerpos después de una prolongada enfermedad. Van Helsing levantó su pie para patear de cólera, pero el instinto de su vida y todos los largos años de hábitos lo contuvieron, y lo depositó otra vez suavemente.
-¡Pronto! -me dijo-. Traiga el brandy,
Volé, al comedor y regresé con la garrafa. Él humedeció con ella los pobres labios blancos y
juntos frotamos las palmas, las muñecas y el corazón. Él escuchó el corazón, y después de unos momentos de agonizante espera, dijo: -No es demasiado tarde. Todavía late, aunque muy débilmente. Todo nuestro trabajo se ha perdido; debemos comenzar otra vez.


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