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Drácula (Abraham Stroker) - pág.133

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La gargantilla de terciopelo cubría la marca roja. Le pregunté al profesor:
-¿Qué piensa usted de esa señal en su garganta?
-Y usted, ¿qué piensa?
-Yo todavía no la he examinado -respondí, y en ese mismo momento procedí a desabrochar la gargantilla.
Justamente sobre la vena yugular externa había dos pinchazos, no grandes, pero que tampoco presagiaban nada bueno. No había ninguna señal de infección, pero los bordes eran blancos y parecían gastados, como si hubiesen sido maltratados. De momento se me ocurrió que aquella herida, o lo que fuese, podía ser el medio de la manifiesta pérdida de sangre; pero abandoné la idea tan pronto como la hube formulado, pues tal cosa no podía ser. Toda la cama hubiera estado empapada de rojo con la
sangre que la muchacha debió perder para tener una palidez como la que había mostrado antes de la transfusión.
-¿Bien? -dijo van Helsing.
-Bien -dije yo-, no me explico qué pueda ser.
Mi maestro se puso en pie.
-Debo regresar a Ámsterdam hoy por la noche -dijo-. Allí hay libros y documentos que deseo consultar. Usted debe permanecer aquí toda la noche, y no debe quitarle la vista de encima.
-¿Debo contratar a una enfermera? -le pregunté.
-Nosotros somos los mejores enfermeros, usted y yo. Usted vigílela toda la noche; vea que coma bien y que nada la moleste. Usted no debe dormir toda la noche. Más tarde podremos dormir, usted y yo. Regresaré tan pronto como sea posible, y entonces podremos comenzar.
-¿Podremos comenzar? -dije yo-. ¿Qué quiere usted decir con eso?
-¡Ya lo veremos! -respondió mi maestro, al tiempo que salía precipitadamente.
Regresó un momento después, asomó la cabeza por la puerta y dijo, levantando un dedo en señal de advertencia: -Recuérdelo: ella está a su cargo. ¡Si usted la deja y sucede algo, no podrá dormir tranquilamente en lo futuro!

Del diario del doctor Seward (continuación)
8 de septiembre. Estuve toda la noche sentado al lado de Lucy. El soporífero perdió su efecto al anochecer, y despertó naturalmente; parecía un ser diferente del que había sido antes de la operación. Su estado de ánimo era excelente, y estaba llena de una alegre vivacidad, pero pude ver las huellas de la extrema postración por la que había pasado. Cuando le dije a la señora Westenra que el doctor van Helsing había ordenado que yo estuviese sentado al lado de ella, casi se burló de la idea señalando las renovadas fuerzas de su hija y su excelente estado de ánimo.


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