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Drácula (Abraham Stroker) - pág.131

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-Si usted supiera qué felizmente moriría yo por ella, entonces entendería...
Se detuvo, con una especie de asfixia en la voz.
-¡Bien, muchacho! -dijo van Helsing-. En un futuro no muy lejano estará contento de haber
hecho todo lo posible por ayudar a quien ama. Ahora venga y guarde silencio. Antes de que lo hagamos la besará una vez, pero luego debe usted irse: y debe irse a una señal mía. No diga ni palabra de esto a la señora; ¡usted ya sabe cuál es su estado! No debe tener ninguna impresión; cualquier contrariedad la mataría. ¡Venga!
Todos entramos en el cuarto de Lucy. Por indicación del maestro, Arthur permaneció fuera. Lucy volvió la cabeza hacia nosotros y nos miró, pero no dijo nada.
No estaba dormida, pero estaba simplemente tan débil que no podía hacer esfuerzo alguno. Sus ojos nos hablaron; eso fue todo. Van Helsing sacó algunas cosas de su maletín y las colocó sobre una pequeña mesa fuera del alcance de su vista. Entonces, mezcló un narcótico y, acercándose a la cama, le dijo alegremente:
-Bien, señorita, aquí está su medicina. Tómesela toda como una niña buena. Vea; yo la levantaré para que pueda tragar con facilidad. Así.
Hizo el esfuerzo con buen resultado.
Me sorprendió lo mucho que tardó la droga en surtir efecto. Esto, de hecho, era un claro síntoma de su debilidad. El tiempo pareció interminable hasta que el sueño comenzó a aletear en sus párpados. Sin embargo, al final, el narcótico comenzó a manifestar su potencia, y se sumió en un profundo sueño. Cuando el profesor estuvo satisfecho, llamó a Arthur al cuarto y le pidió que se quitara la chaqueta. Luego agregó:
-Puede usted dar ese corto beso mientras yo traigo la mesa. ¡Amigo John, ayúdeme!
Así fue que ninguno de los dos vimos mientras él se inclinaba sobre ella. Entonces, volviéndose a mí, van Helsing me dijo:
-Es tan joven y tan fuerte, y de sangre tan pura, que no necesitamos desfibrinarla.
Luego, con rapidez, pero metódicamente, van Helsing llevó a cabo la operación.
A medida que se efectuaba, algo como vida parecía regresar a las mejillas de la pobre Lucy, y a través de la creciente palidez de Arthur parecía brillar la alegría de su rostro.
Después de un corto tiempo comencé a sentir angustia, pues a pesar de que Arthur era un hombre fuerte, la pérdida de sangre ya lo estaba afectando.


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