Drácula (Abraham Stroker) - pág.130
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¿No es este caballero el doctor van Helsing? Doctor, le estoy muy agradecido por haber venido.
Cuando los ojos del profesor cayeron por primera vez sobre él, había en ellos un brillo de cólera por la interrupción en tal momento: pero al mirar sus fornidas proporciones y reconocer la fuerte hombría juvenil que parecía emanar de él, sus ojos se alegraron. Sin demora alguna le dijo, mientras extendía la mano:
-Joven, ha llegado usted a tiempo. Usted es el novio de nuestra paciente, ¿verdad? Está mal; muy, muy mal. No, hijo, no se ponga así -le dijo, viendo que repentinamente mi amigo se ponía pálido y se sentaba en una silla casi desmayado-. Usted le va a ayudar a ella. Usted puede hacer más que ninguno para que viva, y su valor es su mejor ayuda.
-¿Qué puedo hacer? -preguntó Arthur, con voz ronca-. Dígamelo y lo haré. Mi vida es de ella, y yo daría hasta la última gota de mi sangre por ayudarla.
El profesor tenía un fuerte sentido del humor, y por conocerlo tanto yo pude detectar un rasgo de él, en su respuesta:
-Mi joven amigo, yo no le pido tanto; por lo menos no la última.
-¿Qué debo hacer?
Había fuego en sus ojos, y su nariz temblaba de emoción. Van Helsing le dio palmadas en el hombro.
-Venga -le dijo-. Usted es un hombre, y un hombre es lo que necesitamos. Usted está mejor que yo, y mejor que mi amigo John.
Arthur miró perplejo y entonces mi maestro comenzó a explicarle en forma bondadosa:
-La joven señorita está mal, muy mal. Quiere sangre, y sangre debe dársele, o muere. Mi amigo John y yo hemos consultado; y estamos a punto de realizar lo que llamamos una transfusión de sangre: pasar la sangre de las venas llenas de uno a las venas vacías de otro que la está pidiendo. John iba a dar su sangre, ya que él es más joven y más fuerte que yo (y aquí Arthur tomó mi mano y me la apretó fuertemente en silencio), pero ahora usted está aquí; usted es más fuerte que cualquiera de nosotros,
viejo o joven, que nos gastamos mucho en el mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan tranquilos ni nuestra sangre es tan rica como la suya!
Entonces Arthur se volvió hacia el eminente médico, y le dijo:
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