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Drácula (Abraham Stroker) - pág.26

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Amo la sombra y la oscuridad, y prefiero, cuando puedo, estar a solas con mis pensamientos.
De alguna forma sus palabras y su mirada no parecían estar de acuerdo, o quizá era que la expresión de su rostro hacía que su sonrisa pareciera maligna y saturnina.
Al momento, excusándose, me dejó, pidiéndome que recogiera todos mis papeles. Había estado ya un corto tiempo ausente, y yo comencé a hojear algunos de los libros que tenía más cerca. Uno era un atlas, el cual, naturalmente, estaba abierto en Inglaterra, como si el mapa hubiese sido muy usado. Al mirarlo encontré ciertos lugares marcados con pequeños anillos, y al examinar éstos noté que uno estaba cerca de Londres, en el lado este, manifiestamente donde su nueva propiedad estaba situada. Los otros dos eran Exéter y Whitby, en la costa de Yorkshire.
Transcurrió aproximadamente una hora antes de que el conde regresara.
-¡Ajá! -dijo él-, ¿todavía con sus libros? ¡Bien! Pero no debe usted trabajar siempre. Venga; me han dicho que su cena ya esta preparada.
Me tomó del brazo y entramos en el siguiente cuarto, donde encontré una excelente cena ya dispuesta sobre la mesa. Nuevamente el conde se disculpó, ya que había cenado durante el tiempo que había estado fuera de casa. Pero al igual que la noche anterior, se sentó y charló mientras yo comía. Después de cenar yo fumé, e igual a la noche previa, el conde se quedó conmigo, charlando y haciendo preguntas sobre todos los posibles temas, hora tras hora. Yo sentí que ya se estaba haciendo muy tarde, pero no dije nada, pues me sentía con la obligación de satisfacer los deseos de mi anfitrión en cualquier forma posible. No me sentía soñoliento, ya que la larga noche de sueño del día anterior me había fortalecido; pero no pude evitar experimentar ese escalofrío que lo sobrecoge a uno con la llegada de la aurora, que es a su manera, el cambio de marea. Dicen que la gente que está agonizando muere generalmente con el cambio de la aurora o con el cambio de la marea; y cualquiera que haya estado cansado y obligado a mantenerse en su puesto, ha experimentado este cambio en la atmósfera y puede creerlo. De pronto, escuchamos el cántico de un gallo, llegando con sobrenatural estridencia a través de la clara mañana; el conde Drácula saltó sobre sus pies, y dijo:


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