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Ivanhoe (Walter Scott) - pág.46

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Página 46 de 348


El judío montó trémulo y apresurado, sacó de debajo de la túnica un saco de barragán azul, y al colocarlo con gran cuidado sobre el albardón lo cubrió esmeradamente con la capa, diciendo al peregrino:
-¡Es una muda de ropa, una sola muda!
El peregrino montó con más lentitud que Isaac; después presentó aquél la mano a Gurth, y éste la besó con el mayor respeto y veneración. El porquerizo permaneció observando a los caminantes hasta que se ocultaron en los frondosos circuitos del bosque. Viendo Wamba la distracción de Gurth, le llamó la atención diciéndole:
-¿Sabes, mi amigo Gurth, que eres muy cortés y piadoso en estas mañanas de otoño? ¡Ojalá fuese yo un descalzo peregrino, para aprovecharme de tu esmerado celo! Si así fuera, puedes estar seguro de que no me contentaría con darte a besar la mano.
-Tú no eres demasiado loco, Wamba; al menos juzgas por las apariencias, que es todo lo que pueden hacer los más discretos. Pero entremos en casa, que por ahora lo que más interesa es cumplir con nuestra obligación.
Entretanto los caminantes continuaron su jornada avivando el paso cuanto podían; sobre todo Isaac, cuyos justos temores le obligaban a andar con más velocidad de la que su edad permitía. El peregrino conocía perfectamente todos los senderos de la selva, y llevaba a su compañero por veredas más apartadas y sinuosas, de suerte que más de una vez excitó las sospechas del judío, pues llegó a recelar que el peregrino le entregase a alguna emboscada de enemigos.
Estas sospechas no carecían de fundamento, porque en la época de que vamos hablando no había raza alguna sobre la tierra, en las aguas o en los aires que fuera perseguida con más encarnecimiento que la de los desdichados hijos de Abraham. El más ligero y descabellado pretexto, la acusación más absurda e infundada bastaban para desposeer de sus bienes a cualquier israelita, y aun para entregarlo al furor del más desenfrenado populacho. Sajones y normandos, bretones y daneses, aunque entre sí mortales enemigos, se aunaban para aborrecer y perseguir a los hebreos, disputándose la ventaja de envilecerlos, saquearlos, despreciarlos y perseguirlos. Los reyes de la dinastía normanda y los nobles independientes que deseaban imitar a aquellos en todo, seguían una persecución metodizada, exactamente fundada en los cálculos que les sugería su codicia y
en las ventajas que imaginaban tener vejando a los israelitas.


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