Ivanhoe (Walter Scott) - pág.37
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-Señora, ese lenguaje no es conveniente. Si fuera necesaria otra fianza, yo, aunque agraviado, garantizaría con mi honor el de mi hijo Ivanhoe. Pero nada falta a la legalidad y formalidades del duelo, aun según el ritual de la Caballería normanda. ¿No es cierto, prior
Aymer?
-SI, sin duda. Y ahora, noble Cedrid, nos permitiréis beber el último brindis por lady Rowena, y nos retiraremos a gozar de algún reposo.
-¡Yo os creía más firme! ¿No podéis habéroslas conmigo? En mi tiempo, un sajón de doce años, hubiera resistido más la partida.
El prior obraba con gran prudencia siguiendo su sistema de sobriedad, a que le obligaban su profesión y su carácter. Mediaba en todas las disputas, porque las odiaba con todo su corazón; y en aquella ocasión tenía serios recelos, porque temía al irritable sajón y al orgulloso templario, y no dudaba que había de concluir muy mal la cena. Por estas justas razones insistió cortésmente en su propósito, alegando jovialmente que era arduo negocio disputar con un sajón en una contienda de mesa; y haciendo después algunas insinuaciones, aunque ligeras, respecto a la dignidad de su carácter, concluyó pidiendo de nuevo permiso para retirarse.
Tomaron la copa de despedida, y los huéspedes, después de saludar con respeto a lady Rowena, se levantaron de su sitio y se retiraron por diversas puertas que los amos de la casa.
-¡Perro descreído! -dijo el templario al judío al pasar por su lado-. ¿Vas tú también al torneo?
-Ese es mi intento, respetable señor, si no lo lleva a mal vuestra señoría.
-¡Para devorar con tus usuras a los infelices y sacar el corazón a las curiosas arruinando sus bolsillos por cuatro fruslerías! ¡Apuesto cualquiera cosa a que llevas debajo de tu manto un gran gato de buenos skekele!
-¡Ni uno solo -respondió el judío inclinándose con los brazos cruzados-; ni una sola pieza de plata! ¡Pongo por testigo al Dios de Abraham! Me dirijo a Ashby para implorar la caridad de los hermanos de mi tribu a fin de que me ayuden a pagar la contribución que de mí exige el echiquier de los judíos. ¡Jacob sea en mi ayuda! ¡Soy un hombre arruinado, perdido! ¡Aun no podría abrigarme si Rubén de Tadcáster no me hubiera prestado la gabardina que llevo puesta!
El templario se sonrió irónicamente y le dijo:
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